«Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, el coronel Aureliano Buendía había de recordar aquella tarde remota en que su padre lo llevó a conocer el hielo»: así comienza la célebre novela de Gabriel García Márquez, Cien años de soledad, que abrió al genial colombiano el camino hacia la fama. Pero ¿qué clase de hielo era aquel?
¿Qué era aquel bloque de hielo que «el corazón se le hinchaba de temor y de júbilo al contacto del misterio»? ¿Qué era aquello que se convertía en «el gran invento de nuestro tiempo»? ¿Y si…? No, por supuesto que resulta increíble, quizá incluso disparatado, pero está tan en consonancia con el realismo mágico. ¿Y si para Márquez «el diamante más grande del mundo» hubiera sido algún día la Rusia soviética, aquel país frío y misterioso de alma ardiente? García Márquez visitó la Unión Soviética tres veces y cada vez regresó «embriagado por la evidencia del prodigio».
Admiración y horror

La primera vez que Márquez visitó la URSS fue en 1957, durante el Festival Mundial de la Juventud y los Estudiantes. Y no fue un viaje casual; ni siquiera una misión periodística. Fue exclusivamente un llamado del corazón. Un joven periodista y escritor no podía dejar pasar la oportunidad de conocer la Rusia soviética, pero no tenía ni dinero ni influencia. La situación del colombiano a mediados de los años cincuenta era absolutamente desesperada. Por entonces vivía unas veces en París y otras en Leipzig, colaboraba con poco éxito con distintos periódicos y, aunque todavía estaba por convertirse en premio Nobel, vivía con tal pobreza que se veía obligado a recoger botellas y periódicos viejos para conseguir algo de dinero. Pero Márquez se las ingenió. Se unió a sus compatriotas del conjunto folclórico colombiano como artista y percusionista.
Las impresiones de aquel viaje las describió el reportero en el artículo «URSS: 22.400.000 kilómetros cuadrados sin un solo aviso de Coca-Cola». Es un texto extraordinario. A sus treinta años, Márquez todavía no era Márquez: aún no había escrito ninguna de sus grandes novelas. Sin embargo, en su crónica sobre el festival ya describe con su talento característico aquel inmenso país del norte, de tal manera que incluso para el lector ruso se transforma en una tierra exótica y desconocida, llena de extravagancias. García Márquez mostró a los rusos su propio mundo «tan reciente, que muchas cosas carecían de nombre», y para referirse a ellas, como en el remoto Macondo olvidado por Dios, no quedaba más remedio que «señalarlas con el dedo».
Por supuesto, el propio festival, algo absolutamente increíble para el ciudadano soviético de entonces, creó un escenario completamente insólito. A los extranjeros los recibían en Rusia como si fueran extraterrestres durante todo el trayecto. En cada estación los cubrían de flores, les ofrecían comida y bebida y los despedían entre canciones. «Aquello era como haber penetrado en una mansión de locos que incluso para el entusiasmo y la generosidad habían perdido el sentido de las proporciones», escribió Márquez. ¿Qué decir del episodio en el que un delegado alemán elogió una bicicleta rusa que vio en una de las estaciones y se convirtió inmediatamente en su propietario? «Las bicicletas eran muy escasas y caras en la Unión Soviética. La muchacha que era dueña de aquella bicicleta le dijo al alemán que se la regalaba. Él se negó. Cuando el tren arrancó, la joven, ayudada por unos voluntarios, arrojó la bicicleta al vagón y, sin querer, le abrió la cabeza al delegado. En Moscú podía contemplarse una escena que terminó convirtiéndose en habitual durante el festival: un alemán con la cabeza vendada recorriendo la ciudad en bicicleta».
Sin embargo, Gabriel García Márquez no viajó a la Unión Soviética en busca de color local ni de escenas anecdóticas. De eso tenía suficiente material para una docena de novelas y relatos. Lo que le interesaba era la idea soviética; quería comprender qué había dentro de aquella fuerza increíble que había producido una transformación tan gigantesca en todos los ámbitos de la vida de un país extendido a lo largo de miles de kilómetros. Quería ver con sus propios ojos las consecuencias de aquella transformación, con todas sus contradicciones y en toda su magnitud.
Márquez encuentra contradicciones por todas partes. Descubre Moscú como «la aldea más grande del mundo», donde pequeños patios atravesados por tendederos se alternan con majestuosos palacios, donde los interiores palaciegos llegan incluso a los vestíbulos del metro y donde existe una escasez aguda de viviendas, hasta el punto de que familias enteras se hacinan en habitaciones de diez metros cuadrados. Allí, la pequeñez e incluso la mezquindad de la vida y de la psicología del individuo se combinan con la magnitud imponente a la vez aterradora y fascinante de la filosofía del colectivo unido.
«Ese sentido de lo colosal, de la organización multitudinaria, parece ser un aspecto importante de la psicología soviética», señalaba el viajero. Los fuegos artificiales organizados para once mil invitados en los jardines del Kremlin duraron dos horas. La cola frente al Mausoleo —donde reposan los cuerpos de Lenin y Stalin— alcanzaba los dos kilómetros a la una de la tarde, cuando se abrían sus puertas. Al mismo tiempo, los soviéticos se enredaban en los pequeños problemas de la vida cotidiana. Cuando los viajeros se incorporaban al gigantesco mecanismo del festival, veían a la Unión Soviética en su elemento emocionante y colosal. Pero en cuanto, como ovejas descarriadas, metiéndonos en aquella vida ajena y desconocida, descubren un país atascado en minúsculos problemas burocráticos, aturdido, perplejo, con un complejo de inferioridad frente a Estados Unidos».
Márquez suponía que, antes del festival, se había instruido debidamente a los ciudadanos y se les había prohibido estrictamente mostrar a los extranjeros el reverso de la vida cotidiana, su realidad doméstica. Demasiada resistencia, sospechaba, oponían los moscovitas en cuanto los extranjeros manifestaban deseos de visitar sus casas. Pero algunos habitantes de la capital cedían y entonces ante los viajeros se abría un panorama verdaderamente triste de la vida soviética. Márquez lo resumió así: «vivían bien sólo en apariencia; en realidad, vivían mal». Y en ello no había ninguna arrogancia. El escritor sudamericano conocía demasiado bien la pobreza y la desesperanza: sabía lo que significaba que una madre hirviera durante varios días seguidos el mismo hueso para hacer caldo, hasta que el agua acababa siendo simplemente agua; sabía lo que era tener que comprar fiados los peores productos de la tienda. En las observaciones de Márquez sobre la vida cotidiana soviética se percibía únicamente una sensación de frustración. Era amargo ver cómo personas buenas y honradas vivían en apartamentos pequeños y viviendas comunales, vestían mal y comían con escasez. Pero ese era el precio de la industrialización, de la victoria en la Gran Guerra Patria y de las ambiciones de conquistar el espacio: Márquez visitó la Unión Soviética apenas dos meses antes del lanzamiento del primer satélite artificial a la órbita terrestre. La idea de semejante contradicción resulta absurda, pero comprensible y cercana para el hombre nacido en Aracataca: también en su propia vida la idea, la pasión por las aspiraciones más elevadas, habían dominado siempre sobre lo cotidiano
¿Es posible imaginar una realidad del propio Márquez en la que no abandona la universidad, sino que finalmente se convierte en abogado, como soñaban sus padres, y consigue trabajo en una empresa estadounidense de prestigio? ¿Es posible imaginar una realidad en la que Márquez no renuncia a su empleo en una agencia de publicidad, no empeña sus bienes para escribir la novela más importante de su vida? ¿Una realidad en la que no vende incluso la batidora y el secador de pelo de su esposa Mercedes para pagar el envío del manuscrito de Cien años de soledad a la editorial? Claro que no. Y por eso resulta tan comprensible, aunque terriblemente amargo, que el cielo sea conquistado mientras la tierra no lo sea; que los satélites vuelen al espacio, pero no haya zapatos con los que caminar por el asfalto, y que ni siquiera haya asfalto en todas partes; que «la Unión Soviética dispone de 17 tipos de máquinas calculadoras electrónicas… pero no las produce a escala industrial», y que, por ello, hasta los empleados de los bancos, en la realidad que el viajero pudo observar a hurtadillas, utilizaran ábacos de madera.
El patriarca soviético

Una de las impresiones más vivas de la infancia de Gabriel García Márquez fue la masacre bananera de Ciénaga, una localidad situada no lejos de Aracataca, su pueblo natal. El niño quedó tan conmocionado por los relatos de los adultos sobre el fusilamiento masivo de los trabajadores de la United Fruit Company que se habían atrevido a declararse en huelga, que él mismo empezó a «recordar» fragmentos de aquel episodio, aunque entonces tenía menos de dos años. Al muchacho se le «venía a la memoria» cómo los policías pasaban en formación frente a su casa y cómo alguien, incluso con ironía, llamó al niño capitán Gabi; se le «venían a la memoria» fragmentos de conversaciones en las que se decía que los comunistas tenían la culpa de todo. Más tarde, aquella tragedia se reflejaría en la primera novela corta del escritor, La hojarasca. En Cien años de soledad, Márquez describiría la represión de la rebelión de los trabajadores por las tropas gubernamentales con tintes todavía más pesadillescos y sangrientos. Los ecos de aquellos acontecimientos también se oyen en El otoño del patriarca, pero aquí pasará a primer plano la cuestión de la relación del poder totalitario con su propio pueblo.
¿Y qué malditas preguntas podían apoderarse del alma de un artista de treinta años en la Unión Soviética? ¿Qué preguntas podían quitarle el sueño a un escritor de izquierdas en Moscú en 1957, apenas un año y medio después del legendario XX Congreso del PCUS, con su estruendosa denuncia del culto a la personalidad de Stalin? A un escritor que se había visto obligado a abandonar su patria por el riesgo de ser víctima de la represión debido a sus ideas demasiado liberales. Ya sabemos cuáles. Esas mismas preguntas fueron las que García Márquez planteó, sin el menor reparo, prácticamente a todo el mundo.
El escritor confesaba: «¿Es cierto que Stalin era un criminal?». La respuesta era invariablemente una serie de fragmentos del informe de Jrushchov. En el original del reportaje, Márquez explica que formulaba la pregunta «con una crudeza deliberada, nada más para ver qué ocurría». Pero una vez, junto con otros extranjeros, Márquez conoció a una mujer que hablaba del líder fallecido con tal fervor que su pasión desconcertó incluso a los ardientes latinoamericanos. Aquella mujer fue un auténtico regalo del destino: hablaba cinco idiomas, trabajaba como diseñadora en un teatro y contaba de buena gana historias de la vida de la intelligentsia artística. Pero en cuanto la conversación tocaba a Stalin, la ligereza y el encanto la abandonaban y la mujer era presa de un arrebato de odio. Al líder soviético no lo llamaba de otra manera que Le moustachu, «El Bigotudo».
«Toda la velada habló de Stalin utilizando aquel apodo y sin llamarlo una sola vez por su nombre —escribió Márquez—; hablaba sin el menor respeto por él y sin reconocerle mérito alguno. A su juicio, el argumento decisivo contra Stalin era el propio festival: durante su gobierno, algo semejante jamás habría podido suceder. La gente no habría salido de sus casas y la temible policía de Beria habría ametrallado en las calles a todos los delegados. Aseguró que, si Stalin estuviera vivo, ya habría estallado la Tercera Guerra Mundial. Hablaba de crímenes espantosos, de procesos amañados, de represiones masivas. Aseguraba que Stalin era el personaje más sanguinario, siniestro y vanidoso de toda la historia de Rusia. Nunca había oído relatos tan terribles contados con semejante pasión». La mujer impresionó tanto a Márquez por su franqueza y vehemencia que el escritor terminó el relato de aquel encuentro con una triste conclusión: «No tengo el menor motivo para considerar anormal a esta mujer, pero hay un hecho lamentable que resulta evidente: se parecía a una persona anormal».
Los testimonios de la gente están bien, pero, como suele decirse, más vale verlo una vez con los propios ojos. También resulta impresionante la insistencia casi maniática con la que Márquez intentó entrar en el Mausoleo para contemplar en persona al gran y terrible Stalin. El colombiano solo consiguió acceder al santuario soviético al cuarto intento; hasta entonces tuvo que conformarse con escuchar los relatos de otros delegados. Las impresiones, sin embargo, siempre resultaban escasas, porque los visitantes eran constantemente apremiados por los vigilantes: nadie permanecía dentro más de un minuto y, al salir, ni siquiera podían recordar de qué color eran los trajes de los dos líderes soviéticos. Por supuesto, cuando Márquez finalmente entró en el Mausoleo, estaba completamente concentrado. Lenin no le interesaba demasiado, pero la imagen de Stalin quedó grabada en su memoria. Más tarde utilizaría algunos detalles de aquel retrato en El otoño del patriarca.
«Stalin duerme su último sueño sin remordimientos. […] La expresión del rostro está viva; no conserva a la vista una simple tensión muscular, sino que transmite un sentimiento. Y, además, un matiz de burla. Salvo por la papada, no se parece a sí mismo. Parece un hombre de temperamento sereno, un buen amigo, no desprovisto de sentido del humor. Tiene el cuerpo fuerte, pero ligero; el cabello ligeramente ondulado y unos bigotes que no se parecen en absoluto a los de Stalin. Nada me impresionó tanto como la elegancia de sus manos, con las uñas largas y transparentes. Son manos de mujer». Fueron precisamente aquellas manos las que quedaron grabadas con especial fuerza en la conciencia de Márquez. Más tarde volvería una y otra vez a ellas en El otoño del patriarca, al describir al dictador Zacarías, hijo de la pobre pajarera Bendición Alvarado.
De personas y perros

Pero el alma impresionable del artista no vive únicamente de dictadores. Durante su estancia en Moscú, Márquez vivió no pocos episodios divertidos y sorprendentes. En el hotel mantuvo una conversación curiosa con unos periodistas soviéticos. Naturalmente, tenían mucho interés en saber cómo funcionaba la prensa extranjera. Les sorprendió muchísimo descubrir que los periódicos de otros países vivían de la publicidad; a muchos les costaba creerlo, hasta tal punto les parecía absurdo.
Márquez recordaba:
«Los llevé a mi habitación y les enseñé un periódico. Había dos anuncios publicitarios de distintas empresas que fabricaban camisas.
—Estas dos fábricas producen camisas —les expliqué— y ambas informan al público de que sus camisas son las mejores.
—¿Y qué hace la gente?
Intenté explicarles cómo influye la publicidad en los compradores. Todos escuchaban atentamente. Después, uno de ellos preguntó:
—Cuando la gente sabe cuáles son las mejores camisas, ¿por qué permite que la otra empresa afirme que las suyas son las mejores?
Respondí que quien publica un anuncio tiene derecho a elogiar sus productos.
—Además —añadí—, muchos siguen comprando las otras camisas.
—¿Aunque sepan que no son las mejores?
—Probablemente —admití.
Se quedaron largo rato mirando el periódico. Comprendí que estaban discutiendo entre ellos su primer contacto con la publicidad. Y de repente —nunca llegué a saber por qué— estallaron en carcajadas».
Al viajero, por su parte, le desconcertaban los medios de comunicación soviéticos. Una vez vio un quiosco atestado de montones de ejemplares de Pravda. En la primera página destacaba un artículo a ocho columnas, con un enorme titular. El reportero se asustó: pensó que había estallado la guerra. Pero el titular decía: «Texto completo del informe sobre la agricultura». Esa formulación aparece literalmente en el original de Márquez.
No menos ridículo fue lo que le ocurrió a Márquez cuando un grupo de jóvenes curiosos lo rodeó cerca del parque Gorki. Del grupo salió una muchacha que, en un español perfecto, le propuso:
—Nosotros responderemos a cualquiera de sus preguntas con la condición de que usted responda con la misma franqueza.
¿Qué periodista habría rechazado semejante oferta? Lo primero que quisieron saber los jóvenes fue qué no le había gustado al extranjero de la Unión Soviética.
—Me parece atroz que se hayan comido todos los perros —respondió García Márquez. Hacía tiempo que al escritor le intrigaba no haber visto perros callejeros en la capital. La respuesta provocó desconcierto: la gente comenzó a discutir en ruso entre sí y, finalmente, una voz femenina gritó desde la multitud, en español:
—¡Eso es una calumnia de la prensa capitalista!
Cuando llegó el turno de Márquez, preguntó si en Moscú un hombre podía tener cinco apartamentos. Los jóvenes respondieron sin vacilar y casi a coro:
—Naturalmente. Pero ¿cómo diablos puede vivir un hombre en cinco apartamentos a la vez?
Y hubo un episodio que no solo dejó atónito a Márquez, sino que lo maravilló de verdad. Ocurrió la última noche antes de abandonar la capital.
En la calle, un joven de no más de veinticinco años detuvo al viajero y le preguntó de qué nacionalidad era. Al conocer la respuesta, se alegró muchísimo y explicó que estaba preparando una tesis sobre la poesía infantil universal y necesitaba información sobre Colombia. Márquez le mencionó a Rafael Pombo. Pero el joven, enrojeciendo de indignación, lo interrumpió:
—Naturalmente, tengo todos los datos sobre Rafael Pombo.
Y después, alrededor de una cerveza, aquel extraño ruso recitó hasta pasada la medianoche, con un fuerte acento pero con una fluidez admirable, toda una antología de poesía infantil latinoamericana. Aquello parecía un verdadero milagro.
Márquez se marchó desconcertado, pero feliz. Comprendía que todos los detalles de la vida y las costumbres que había observado ofrecían una imagen sumamente aproximada y contradictoria de aquel «coloso extendido en toda su magnitud: la Unión Soviética, con sus 200 millones de habitantes que hablan 105 idiomas, sus innumerables nacionalidades; un coloso cuyo territorio, equivalente al de tres Estados Unidos, ocupa la mitad de Europa y un tercio de Asia y, en conjunto, representa una sexta parte del globo terrestre: 22.400.000 kilómetros cuadrados sin un solo aviso de Coca-Cola». Pero el escritor sentía que aquella inmensa mole del norte lo había llenado hasta el borde de una fuerza increíble.
Treinta años después
¿Qué ocurrió después? Márquez abandonó Europa y se trasladó a Sudamérica, aunque no a su Colombia natal, sino primero a Venezuela, a Caracas, y después a la capital de México. Entre una mudanza y otra, el escritor tuvo tiempo de casarse con Mercedes Barcha.
La novela El coronel no tiene quien le escriba, publicada en 1961, no le dio fama a Márquez. Hoy esto parece increíble, absurdo; entonces, sin embargo, aquella novela estaba destinada a convertirse en el gallo por el que apostaría todo en su vida el veterano de la Guerra de los Mil Días: el libro salió con una modesta tirada de dos mil ejemplares, de los cuales solo se vendieron unos ochocientos. La novela La mala hora, publicada cinco años después, tampoco causó sensación. Todo cambió en 1967.
La historia de la creación de la principal novela de Márquez se ha rodeado de una cantidad increíble de mitos. Es, por supuesto, la clásica historia del artista pobre que se juega todo a una carta y sacrifica a sus seres queridos. ¿Qué decir de la leyenda sobre el nacimiento de la primera frase? Según esta versión, surgió en la cabeza del escritor como un relámpago mientras conducía su Opel, en el que toda la familia se dirigía a un lugar de vacaciones. Márquez dio media vuelta y regresó a casa para encerrarse durante más de un año, apartándose del mundo, dejando de lado el trabajo, la vida cotidiana y a los hijos, y escribir la novela. La realidad no es que contradiga demasiado esta versión: simplemente es más cruda. La familia ya vivía con estrecheces antes de que comenzara el trabajo en la novela; durante la escritura, su situación no hizo sino empeorar, hasta desembocar, al final, en una pobreza extrema.
Mucho tiempo después, cuando Márquez volviera a visitar la Unión Soviética, ya como escritor célebre, cansado de las visitas oficiales y los encuentros, de las conversaciones sobre sus proyectos literarios, preguntaría de repente cómo se preparaban las patatas en Rusia. Y los rusos volverían a sorprenderlo. Durante todo el año en que escribió Cien años de soledad, él y su familia vivieron a base de patatas; quizá, si aquel tubérculo se hubiera servido en su casa de formas tan variadas y elaboradas, la vida habría resultado un poquito más llevadera.
Esta nueva visita tuvo lugar en 1979. La Unión Soviética vivía entonces el auge latinoamericano y toda la atención estaba puesta en Gabriel García Márquez. Encuentros con escritores soviéticos, conferencias con hispanistas, actos en la redacción de la revista América Latina. Autógrafos, flashes de las cámaras y preguntas, preguntas, preguntas. Cuando le preguntaron en qué creía más: en el realismo mágico o en la magia de la literatura, el escritor respondió que creía en la magia de la vida real. Solo cabe añadir que él mismo creaba aquella magia: escribía sobre la vida al otro lado del océano y el resultado era tan universal que cualquiera podía reconocer aquella realidad como propia. Eso fue lo que observó ese mismo año, 1979, Vladímir Vysotski: «como si estuvieras leyendo sobre nosotros, ¡qué diablos Macondo!».
La siguiente vez que Márquez visitó Rusia fue en 1987. Y llegó —¡ah, la magia del destino!— al Festival Internacional de Cine de Moscú. Habían pasado exactamente treinta años desde el Festival Mundial de la Juventud y los Estudiantes y, quién sabe, quizá entre los participantes del nuevo festival estaban los hijos de aquellos que habían descubierto otro mundo en 1957.
Entonces Márquez era un escritor principiante, un periodista no demasiado afortunado; ahora era premio Nobel. Entonces sus interlocutores eran transeúntes casuales; ahora lo recibía el primer presidente de la Unión Soviética. Aquel encuentro impresionó profundamente a Márquez y, más tarde, no pocas veces habló con gran simpatía del dirigente de un país que estaba cambiando a una velocidad vertiginosa. Sin embargo, parece que los sentimientos más intensos y profundos los experimentó el escritor treinta años antes, cuando el genio que llevaba dentro apenas comenzaba a nacer…
Traducido por Marina Chernyaeva.

