“¡Tiempo, te dejaré atrás!”

Una niña rubia de trece años preguntó a un revolucionario experimentado: “¿Se puede ser poeta y pertenecer al partido?”. “No”, respondió él. Honor y gloria a aquel hombre: si hubiera contestado de otro modo, quizá la literatura rusa se habría quedado sin uno de sus grandes poetas… Cinco años después, la muchacha publicó un poemario: en la cubierta verde figuraban las palabras “Álbum vespertino” y un nombre: Marina Tsvetáieva.

Fotografías: Aleksandr Bury/

El libro tuvo un gran éxito. En sus reseñas los poetas más destacados señalaban la intimidad extraordinaria de los versos y la ausencia de influencias ajenas. Incluso Voloshin apostó con la poetisa Adelaida Guértsik que sería capaz de encontrar en los poemas de Tsvetáieva la influencia literaria de algún otro autor. Perdió la apuesta de forma estrepitosa. Sin embargo, empezó a sostener que en Marina habitaban al menos diez poetas e incluso trató de convencerla de que publicara sus obras bajo seudónimos. Tsvetáieva se negó.

“Llevo un año ensayando mi muerte”

Callejón Trejprudny: antigua imprenta rápida de la sociedad mercantil «A. A. Levenson».
Callejón Trejprudny: antigua imprenta rápida de la sociedad mercantil «A. A. Levenson».

…Se despierta antes del amanecer, cuando todos duermen. Se dirige a tientas hasta la mesa de la cocina —no hay otra— y busca su cuaderno. Lo más importante es no tirar nada al suelo haciendo ruido: pese a su vista baja fuerte, no lleva gafas. Al otro lado de la ventana, el suburbio parisino de Meudon se revuelve soñoliento. El lápiz susurra sobre el papel; las palabras se abrevian: la mano no alcanza a plasmar los pensamientos. Tiene las manos grandes, curtidas por el trabajo. Como las de una campesina; nada de la elegancia que distingue a las poetisas, dicen sus envidiosos. A ella no le importa ese siseo a sus espaldas: vive de acuerdo con el lema que eligió en su juventud, Ne daigne —en francés, “No me rebajo”—. Y no reconoce la palabra “poetisa”. Ella es Poeta.

Escribe, arañándole al tiempo algún minuto extra: pronto comenzará otro día sin alegría. Tiene que pensar de dónde sacar dinero, cómo alimentar a la familia, si las revistas de la emigración publicarán sus artículos y poemas. Cuenta hasta el último céntimo de sus honorarios escasos. La esperan la lavada, la cocina y las cavilaciones sobre qué objetos podría vender. ¿Y quién se los compraría? “Todas mis cosas, cuando las compré, me gustaban demasiado; por eso nadie las compra”, escribió ya en 1919, en Moscú azotada por el hambre. Entonces vendía libros de su biblioteca. Pero la vida nómada y la necesidad acabaron por consumir todo lo valioso. Solo le quedaron los anillos y pulseras de plata que cubrían sus manos. Pero de ellos no se desprendería hasta la muerte…

Hay algo extraño: cuando imaginaba cómo moriría, Marina Ivánovna solía hablar de un nudo. Así, en septiembre de 1940, escribió: “Nadie ve, nadie sabe que llevo ya un año buscando con la mirada un gancho… Llevo un año ensayando mi muerte”. Hasta aquel día negro —el 31 de agosto de 1941—, hasta la soga en la remota Yelábuga, quedaba exactamente un año…

El comienzo

Marina con su hermana menor, Anastasia. 1905.
Marina con su hermana menor, Anastasia. 1905.

Deje atrás la bulliciosa calle Tverskaya de Moscú y camine hasta el callejón Trejprudny. ¿Ve ese edificio tan elaborado, con sus pequeñas torres? Es la antigua imprenta rápida de la sociedad mercantil “A. A. Levenson”. Allí llevó Marina su primer poemario. En diagonal, justo enfrente, se alzaba una mansión de madera —durante la Revolución la desmantelaron para usar la madera como leña—. Fue allí donde nació Marina Tsvetáieva, el 26 de septiembre de 1892.

“La influencia predominante fue la de mi madre (la música, la naturaleza, la poesía, Alemania). […] La influencia de mi padre, más oculta, pero no menos poderosa (la pasión por el trabajo, la ausencia de afán de medrar, la sencillez, el desapego). La influencia conjunta de mi padre y de mi madre: el espíritu espartano”, recordaba Tsvetáieva. Parece difícil imaginar a dos personas menos compatibles que sus padres. Iván Vladímirovich Tsvetáiev, profesor de la Universidad de Moscú, dedicó catorce años de su vida a crear el Museo de Bellas Artes —hoy Museo Estatal de Bellas Artes A. S. Pushkin—. Hijo de un sacerdote rural, había conseguido por sí mismo todo lo que tenía. A los treinta y tres años se enamoró perdidamente de la bella Varvara, hija del célebre historiador Dmitri Ilovaiski. Estuvieron casados diez años. Varvara Dmítrievna murió de parto, dejando a su marido una hija de siete años, Valeria, y un bebé, Andréi. Un año después, Tsvetáiev se casó con María Mein. No destacaba por su belleza, pero tocaba el piano de maravilla, cantaba, dibujaba y conocía varios idiomas. Sin embargo, no pudo sustituir a Varvara en el corazón de su marido: Tsvetáiev había colgado el retrato de su primera esposa en el dormitorio. En su diario, la segunda esposa escribió: “Nos casamos ante el féretro”.

Marina Tsvetáieva y Serguéi Efron antes de su boda. 1911.
Marina Tsvetáieva y Serguéi Efron antes de su boda. 1911.

María Aleksándrovna dio a luz a Marina y Anastasia, aunque soñaba con tener un hijo y quería ponerle el nombre de su propio padre. Aleksandr Danílovich Mein, alemán del Báltico, era funcionario de la administración del gobernador general de Moscú. La madre de María Aleksándrovna murió después de dar a luz. Para criar a Maria, su padre hizo venir de Neuchâtel, en Suiza, a una institutriz, Susanna Emler, con quien se casó cuando su hija tenía veinte años.

En la familia, a la futura poeta la llamaban Musia o Marusia. A los cuatro años, su madre la sentó al piano. Por entonces, Musia aprendió también a leer y comenzó a escribir poemas.

A Musia y Asya les inculcaban que pedir algo era indigno, que el dinero era una suciedad, y las vestían con una severidad deliberada. Su madre les leía en voz alta y tocaba el piano. Les repetía que el talento no era mérito de una persona, sino un don de Dios.

A juzgar por las memorias de Anastasia y Valeria, Marina fue una niña difícil: obstinada, tímida y orgullosa. Su actividad favorita era la lectura. Su ídolo, Pushkin. ¡Marina Tsvetáieva terminó su primer cuaderno de poemas a los siete años! Su madre no se tomaba en serio aquellos versos y soñaba con que su hija llegara a ser una pianista famosa.

En verano, la familia se trasladaba a Tarusa. Allí estaban la casa de campo, el jardín y el huerto, donde el padre se afanaba con las labores; las ramas de jazmín junto a la ventana, la mermelada de grosella espinosa, los ramilletes de siemprevivas, las reuniones a orillas del Oká…

Hoy, en el callejón Borísoglebski, se encuentra la Casa-Museo de M. I. Tsvetáieva.
Hoy, en el callejón Borísoglebski, se encuentra la Casa-Museo de M. I. Tsvetáieva.

En 1902 llegó la desgracia: María Aleksándrovna enfermó de tuberculosis y un rubor malsano le encendía traicioneramente las mejillas. Los médicos recomendaron que cambiara de clima. Durante tres años, la madre y sus hijas vivieron en Italia, Suiza y Alemania. En Nervi, cerca de Génova, la pequeña Musia, de diez años, escuchaba atentamente las conversaciones de los vecinos del “Pensionado Ruso”: revolucionarios exiliados. En 1905, los Tsvetáiev se trasladaron a Yalta. Allí, en el pensionado, sus vecinos eran socialrevolucionarios, y Marusia volvió a sentirse atraída por las conversaciones sobre la “situación política”. María Aleksándrovna temía que su hija eligiera “el camino equivocado”. Mientras tanto, su estado empeoraba. Regresó a Tarusa, donde murió en julio de 1906. Sus temores acerca del camino que escogería su hija resultaron infundados: a los dieciséis años, Marina había perdido el interés por la política.

Tras la muerte de su madre, Marina se encerró en sí misma. Abandonó los estudios de música y, en cuatro años, pasó por tres gimnasios. Se escondía en el desván y, cuando su padre se marchaba al trabajo, se encerraba en su habitación a leer. Su pasión era la época napoleónica; su mundo, los poetas franceses y alemanes. En el verano de 1909 viajó a París, donde asistió a un curso de literatura en la Sorbona. Pero también allí se sentía sola; la atormentaban la tristeza y la soledad. Más tarde, Tsvetáieva formularía sus causas: el poeta siempre se enfrenta al mundo. Es esclavo involuntario de su don y prisionero de su tiempo. Su tarea consiste en ver el mundo por sí mismo y hacer que los demás también lo vean. ¡Y qué tormentosos resultan tanto esa capacidad de “ver” como el talento de “hacer ver”!

Para el dormitorio infantil, Marina Ivánovna eligió la habitación más grande y luminosa.
Para el dormitorio infantil, Marina Ivánovna eligió la habitación más grande y luminosa.

De regreso en Moscú, preparó en secreto su primer libro: “Álbum vespertino” apareció en otoño de 1910. Sí, el poemario recibió el reconocimiento de poetas venerables; Tsvetáieva comenzó a cartearse con Voloshin y surgió una antipatía mutua con Briúsov. Sin embargo, no fueron ellos quienes la introdujeron en los círculos literarios. Su “Virgilio” fue Lev Ellis, uno de los fundadores de la editorial Musaguet. Este pidió la mano de Marina, que tenía diecisiete años, pero fue rechazado. Ella estaba enamorada de otro hombre: Vladímir Nilender, traductor de literatura clásica de veintiséis años. Pero la relación no prosperó. Entonces empezó a fumar, bebía licor de serbal y hacía travesuras: llegó incluso a publicar en un periódico matrimonial un anuncio en el que decía que buscaba novio.

La soledad terminó en mayo de 1911, cuando Marina conoció a Serguéi Efron en Koktebel, en Crimea. Había llegado allí por invitación de Voloshin y de Pra —así llamaban los “voloshinianos” a la madre del poeta, Elena Ottobáldovna—. Los habitantes de Koktebel se dedicaban con entusiasmo a desenterrar de la playa piedrecillas de formas caprichosas. Tsvetáieva declaró que se casaría con quien adivinara cuál era su piedra favorita. “…S. Ya. Efron… casi el primer día de conocernos, encontró y me regaló —¡una rareza extraordinaria!— una cuenta de cornalina genovesa, que sigue conmigo hasta el día de hoy”, escribió en 1931. La boda se celebró en Moscú en enero de 1912. Marina y Serguéi eran jóvenes y felices. Fundaron la editorial “Ole-Lukoye”, que publicó varios libros, entre ellos los poemarios de Tsvetáieva “La linterna mágica” y “De dos libros”. Pero la editorial pronto dejó de funcionar. Tras regresar de su viaje de bodas por Europa, Marina recorrió media Moscú en busca de una casa que pudiera sentir como propia. La encontró en el callejón Borísoglebski. En septiembre de 1912 dio a luz a su hija Ariadna.

Mejor ser que tener

El escritorio en la habitación de Tsvetáieva. Casa del callejón Borísoglebski.
El escritorio en la habitación de Tsvetáieva. Casa del callejón Borísoglebski.

En “El héroe del trabajo”, Tsvetáieva escribe que entre 1912 y 1920 vivió “al margen de la vida literaria”. Resulta extraño. Es cierto que, después de “De dos libros”, no publicó ningún otro poemario durante esos años. Pero fue precisamente entonces cuando creó el magnífico ciclo dedicado a Ajmátova y los versos de una luminosidad casi insoportable dedicados a Blok, así como poemas sobre Moscú, la guerra y la Revolución… También escribió las obras teatrales “El valet de corazones”, “La ventisca”, “Fortuna” y “El ángel de piedra”… ¿Quizá quería decir que no se reunía con otros poetas ni publicaba? Difícilmente: era popular y, en 1916, sus poemas aparecían en todos los números de “Severnye Zapiski”. ¿O tal vez lo que sucedía entonces en su vida y a su alrededor eclipsaba para ella la idea misma de “vida literaria”? Al fin y al cabo, fue precisamente en aquellos años cuando estallaron la Primera Guerra Mundial y las revoluciones en Rusia. Tsvetáieva se negaba a aceptarlas. Alemania era su amor desde la infancia, y la guerra tenía para ella un significado apocalíptico. La Revolución de Febrero la conmocionó. La de Octubre la vivió como una desgracia irreparable.

Tampoco faltaron catástrofes en su vida personal. Después del nacimiento de su hija, floreció: comenzó a llevar vestidos anticuados hasta los tobillos y joyas de amatista y ámbar. Inició una relación… Aunque ni siquiera fue una relación amorosa, sino una especie de tormento autoimpuesto. La causa fue la poetisa Sofía Párnok, la mismísima “Safo rusa”. Efron se apartó de la escena: sus viajes al frente en un tren sanitario llegaron en el momento más oportuno. Pero hacia finales de 1915, Tsvetáieva pareció despertar de aquel hechizo.

En 1916 estalló un nuevo romance, breve esta vez. Su protagonista fue Ósip Mandelshtam, quien, a juzgar por los poemas que dedicó a Tsvetáieva, se enamoró de ella muy en serio. En aquel momento, Efron había sido llamado a filas y, una vez más, no se daba cuenta de nada. ¿O fingía no darse cuenta? Por entonces, todavía parecía poco menos que adorar a Marina…

En abril de 1917, Efron y Tsvetáieva tuvieron una segunda hija, Irina. Serguéi Yakovlevich fue trasladado a Moscú, al 56.º regimiento de reserva. Su salud era delicada y Tsvetáieva, temiendo que contrajera tuberculosis, hizo gestiones para trasladarse al sur. En octubre de 1917 viajó a Crimea para visitar a Voloshin, y durante el camino de regreso se enteró de los combates que tenían lugar en Moscú. Tsvetáieva estaba horrorizada. Al ritmo de las ruedas y entre las groseras palabrotas de sus compañeros de viaje, escribió en su cuaderno un juramento dirigido a su marido: “…Si Dios obra el milagro de dejarte con vida, iré detrás de ti como un perro…”. Veintiún años después, cuando Tsvetáieva, contra su voluntad, partió tras su marido y su hija hacia la URSS, añadió a aquellas palabras: “Pues allá iré, como un perro…”.

En la casa del conde Sollogub, en la calle Povárskaya, se encontraba el Comisariado del Pueblo para las Nacionalidades, donde Marina Ivánovna trabajó casi medio año.
En la casa del conde Sollogub, en la calle Povárskaya, se encontraba el Comisariado del Pueblo para las Nacionalidades, donde Marina Ivánovna trabajó casi medio año.

Efron tenía previsto marcharse a Rostov, donde se estaba formando el Ejército de Voluntarios. Se vieron por última vez en enero de 1918. Durante los cuatro años siguientes, Marina Ivánovna no tendría noticias de su marido y tendría que afrontar duras pruebas. Hambre, frío, pobreza, enfermedades de sus hijas —en 1920, Irina murió en el orfanato de Kúntsevo, donde Tsvetáieva había dejado temporalmente a las niñas porque no tenía con qué alimentarlas—. La casa del callejón Borísoglebski se convirtió en una residencia colectiva. Tsvetáieva cortaba armarios y sillas para hacer leña, cambió el piano por un pud de harina negra y cocinaba caldos aguados en el samovar… Ahorraba papel y anotaba estrofas en el papel pintado de las paredes. Una vez, al volver a casa, encontró allí a un desconocido. Creyendo que se trataba de un poeta principiante que había ido a conocerla, le ofreció té de zanahoria. El hombre, horrorizado por la miseria en que vivía, sacó de sus bolsillos todo el dinero que llevaba… Intentó trabajar, pero el absurdo empleo en el Comisariado del Pueblo para las Nacionalidades superó sus fuerzas. Renunció al cabo de cinco meses.

En aquellos años se inventó otro lema: Mieux vaut être qu’avoir —en francés, “Mejor ser que tener”—.

…Cuando se leen los recuerdos de aquella época, lo que sorprende no es cómo logró Tsvetáieva sobrevivir y no perder la razón, sino cómo pudo escribir. «En otoño de 1921 caminábamos con Tsvetáieva cuesta abajo por el bulevar Tverskói —recuerda Fiódor Stepún en “Lo que fue y lo que no llegó a ser”—…Avanzando con paso firme sobre la arena, con los pies descalzos, me hablaba con sencillez y precisión del horror de su vida miserable y desordenada… A mí me daba miedo escucharla, pero a ella no le daba miedo contarme aquello: creía que en Moscú no reinaba únicamente Lenin en el Kremlin, sino también Pushkin junto al monasterio de Strastnói”. Con Pushkin, nada podía darle miedo. Además, tenía cerca a personas dispuestas a compartir con ella lo poco que poseían. Konstantín Balmont, a quien llamaba “hermanito”; Pável Antokolski; la actriz Sofía Gollidéy, a quien Tsvetáieva dedicaría “Relato de Sóniechka”; el príncipe Serguéi Volkonski, para quien escribiría el ciclo “El discípulo”; y los amigos de su querido “Obormótnik”…

La entrada de la casa de la calle Malaya Molchánovka, donde antiguamente se encontraba el “Obormótnik”, sigue custodiada por aquellos mismos leones.
La entrada de la casa de la calle Malaya Molchánovka, donde antiguamente se encontraba el “Obormótnik”, sigue custodiada por aquellos mismos leones.

¡Cuántas veces, seguramente, en los momentos difíciles, Marina Ivánovna recordaría el “Obormótnik”! En el séptimo piso de una casa de la calle Malaya Molchánovka vivían Vera y Lilia, las hermanas de Efron, así como Pra. Marina y Serguéi eran visitantes asiduos de aquel lugar. Dos pisos más abajo vivía Alekséi Tolstói, a quien los “voloshinianos” llamaban solemnemente “Aleján”, mientras que él los llamaba cariñosamente “obormoty”. Así nació el nombre de “Obormótnik”…

En julio de 1921, Tsvetáieva supo que su marido seguía vivo: Efron había sido evacuado a Constantinopla y tenía intención de trasladarse a Chequia. Marina Ivánovna comenzó a gestionar el permiso para salir del país. Y, de pronto… El 7 de agosto llegó la noticia de la muerte de Aleksandr Blok: ya no estaba el “caballero sin tacha” al que había idolatrado. Pasaron poco más de dos semanas y recibió otro golpe: Nikolái Gumiliov había sido fusilado y circulaban rumores de que Ajmátova se había suicidado. Cuando supo que Anna Andréievna seguía viva, Tsvetáieva le escribió una carta llena de entusiasmo…

La mayor alegría de aquel año fue el poemario “Verstas”, publicado poco antes de su partida. “Dígale a Marina que su libro “Verstas”, que nos dejó al marcharse, es lo mejor que ha quedado de Rusia”, escribió Adelaida Guértsik a un conocido suyo en el exilio.

Tierra extranjera

En mayo de 1922, Tsvetáieva y su hija ya se encontraban en Berlín. En junio se trasladaron a Praga, donde se reunieron con Efron. Hasta 1925, la familia vivió en distintas aldeas gracias a una ayuda económica del Gobierno checoslovaco y a los honorarios que recibía Tsvetáieva. Colaborar con las publicaciones de la emigración no era fácil. Sin embargo, contaba con un admirador fiel: Mark Slonim, editor literario de “Volia Rossii”, una revista de orientación socialista revolucionaria de derecha, que publicaba sus textos con regularidad. También tenía un “ángel de la guarda”: Anna Tesková, maestra y traductora checa con quien Marina Ivánovna mantuvo correspondencia entre 1922 y 1939. Tesková la ayudaba en todo lo que podía, con dinero y ropa. Las cartas de Tsvetáieva dirigidas a ella se publicaron en un libro aparte. Leer aquella crónica terrible de la vida de una persona que se ahogaba en la pobreza es un verdadero tormento… ¿Qué la sostenía? Probablemente, la comunicación y la correspondencia con otros seres como ella, “ajenos a este mundo”: Andréi Bely, Borís Pasternak, Rainer Maria Rilke…

Marina Tsvetáieva. Dibujo de Ariadna Efron. Década de 1930.
Marina Tsvetáieva. Dibujo de Ariadna Efron. Década de 1930.

En 1925 nació el hijo de Tsvetáieva, Gueorgui, a quien llamaba Mur. La familia se trasladó a Francia, vagó por los suburbios de París y luchó por sobrevivir. Ariadna ayudaba a su madre con las tareas domésticas; Efron, por su parte, pasaba cada vez más tiempo sin trabajo. Los honorarios disminuían. Marina Ivánovna comenzó a padecer anemia. A veces, la familia tenía que vivir con apenas cinco francos al día.

A finales de la década de 1920, Serguéi Efron se acercó al ala izquierda del movimiento euroasiático, cuyos líderes intentaban establecer contactos con la “oposición” en la URSS. Aquella operación de engaño, organizada por la OGPU, pasó a la historia con el nombre de “Operación Trest”. Efron se volvió más favorable a la URSS y contagió sus ideas a Alya y a Mur. Marina Ivánovna ya no encontraba un lenguaje común con su marido y su hija. Efron comenzó a trabajar para la Unión para el Retorno a la Patria y, desde 1931, fue agente de la OGPU. Tsvetáieva no sabía nada de ello. El escándalo provocado por el asesinato en Suiza, en otoño de 1937, del agente de inteligencia Ignati Reiss, que había desertado y se negaba a regresar a la URSS, en el que Efron estuvo implicado, fue una catástrofe para ella. En octubre, su marido huyó a Leningrado; Alya se había marchado a la URSS ya en marzo de 1937. La policía llamó a declarar a Tsvetáieva. Estaba destrozada: respondía de manera incoherente a las preguntas y, sin venir a cuento, se puso a leer sus traducciones al francés de poemas de Pushkin… Los investigadores dejaron marchar a aquella rusa medio loca. Poco después, Mark Slonim se reunió con Tsvetáieva: “La abracé y, de pronto, se echó a llorar, en silencio y quedamente… Recuerdo lo sencillas y cotidianas que sonaron sus palabras: “Quisiera morir, pero tengo que vivir por Mur; Alya y Serguéi Yakovlevich ya no me necesitan”.

Tras la huida de Efron, casi todos le dieron la espalda a Tsvetáieva. No tenía de qué vivir. Comprendía que no tenía elección: tendría que marcharse junto a su marido. Sabía que allí no podría escribir, y siempre había dicho: Si no puedo escribir, moriré. Poco antes de abandonar París, al enterarse de la ocupación alemana del Estado checo, escribió “Poemas a Chequia”. Hay versos que hielan la sangre:

Me niego a ser
en el manicomio de los inhumanos.
Me niego a vivir
con los lobos de las plazas.

Así se sentía al regresar a su patria. Aunque, en realidad, su patria ya no existía. Tampoco existía ya su amada Moscú, a la que había cantado como nadie. La Rusia roja no la necesitaba. Y la Rusia blanca, que vivía en los suburbios de París, tampoco…

En Moscú, la mayoría de sus antiguos conocidos no tenía ningún deseo de relacionarse con ella. Los últimos que aún le mostraban cierta simpatía se apartaron en 1939, después de que su marido y su hija fueran arrestados por el NKVD. Tsvetáieva apenas escribía poemas: en 1940 publicó solo nueve y, en 1941, dos. “Si no puedo escribir, moriré”…

Su vida pasó de ser una pesadilla a convertirse en un infierno absoluto.

“…Ya no soy yo”

Marina Tsvetáieva con su hijo Gueorgui (Mur). Favières, Francia. 1935.
Marina Tsvetáieva con su hijo Gueorgui (Mur). Favières, Francia. 1935.

…El 18 de agosto de 1941, Marina Ivánovna llegó a Yelábuga con Mur, formando parte de un grupo de evacuados. El 21 de agosto se alojaron en la casa de los Brodelshchikov. El 24, Tsvetáieva viajó a Chístopol con la esperanza de encontrar trabajo. El 26 presentó una solicitud al Consejo del Fondo Literario: “Solicito que se me admita para trabajar como lavaplatos en el comedor del Fondo Literario, que está a punto de abrir”. No había trabajo. El 28 regresó a Yelábuga. El 31 de agosto…

Victoria Shvéitser, biógrafa de Tsvetáieva, preguntó a los Brodelshchikov por su huésped. “Les pareció vieja y poco agraciada —escribe Shvéitser en su libro “La vida cotidiana y la existencia de Marina Tsvetáieva”—. En casa llevaba todo el tiempo un gran delantal con un bolsillo: “Así, con él puesto, fue como murió”, cuenta Anastasia Ivánovna Brodelshchikova. Aquel día mandaron a todos a limpiar el aeródromo. En lugar de Tsvetáieva fue su hijo. La dueña de la casa fue la primera en regresar. En el recibidor tropezó con una silla y se extrañó: ¿qué hacía allí una silla? Al levantar la vista, vio a su huésped, que se había ahorcado”.

Tsvetáieva dejó tres cartas de despedida. La primera, dirigida a su hijo: “…Perdóname, pero después habría sido peor. Estoy gravemente enferma; ya no soy yo. […] Comprende que ya no podía seguir viviendo”. La segunda, dirigida a la milicia, en la que pedía que llevaran a su hijo junto al poeta Aseiev. La tercera, a Aseiev, con una súplica para que cuidara de Mur…

Fue enterrada el 2 de septiembre de 1941 en el cementerio de Yelábuga. Se desconoce el lugar exacto de su sepultura…

Más allá del tiempo

Una de las últimas fotografías de M. I. Tsvetáieva. 1939.
Una de las últimas fotografías de M. I. Tsvetáieva. 1939.

“¡Ser humano! ¡Alma! ¡Inspiración!”. Así se describió Tsvetáieva en 1919. Solo de ese modo podía vivir. No se interesaba por la política y era incapaz de desenvolverse en la vida cotidiana. Llamaba a su creación “una conspiración contra el siglo, el peso, la cuenta, el tiempo y la fracción”. Sostenía que la palabra era el don más elevado que Dios había concedido al ser humano.

Como todos los grandes poetas, no encajaba ni en su época ni en la vida de quienes la rodeaban. Y, como ocurre con todos los grandes poetas, la posteridad la valora mucho más de lo que la valoraron sus contemporáneos. “¡Tiempo, te dejaré atrás!. es un verso de uno de sus poemas. Cumplió su promesa.

…La casa del callejón Borísoglebski, donde vivió ocho años, afortunadamente ha sobrevivido. Allí, hace algo más de un siglo, Ariadna, una niña de seis años, sentada a la mesa, escribía en su cuaderno unas palabras sobre su madre: “…Tiene el pelo rubio claro, rizado a los lados. Tiene los ojos verdes, la nariz aguileña y los labios rosados. Es esbelta y tiene unas manos que me gustan”.

Recordemos así a Marina Ivánovna Tsvetáieva.

Traducido por Marina Chernyaeva.

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