Los extranjeros siempre han tenido y siguen teniendo una percepción casi de cuento de hadas de Rusia. Perciben el país bien como una utopía, es decir, como una organización social ideal, bien como una distopía: un lugar aterrador, un antimundo y una antieuropea. El origen de esta mitificación se remonta al Renacimiento, cuando comerciantes, diplomáticos y viajeros europeos se dirigieron hacia el lejano Principado de Moscú, que acababa de liberarse del yugo mongol-tártaro.
Imágenes cedidas por N. Zolotariova

Durante el reinado de Iván III, gran príncipe de Moscú y soberano de toda Rusia, los europeos volvieron a descubrir el país. Aunque fueron muchos los viajeros que visitaron el Principado de Moscú y varios de ellos dejaron por escrito sus impresiones, el libro más conocido sigue siendo los “Comentarios sobre los asuntos moscovitas» del diplomático austríaco Sigismund von Herberstein. Precisamente a él puede considerársele el gran sistematizador de los cuentos aterradores sobre Rusia.
¿El alma rusa enigmática o las riquezas incalculables de Rusia?

El interés por la Rus moscovita o “Moscovia”, como la denominaban los europeos, no se explicaba tanto por la mera existencia de un Estado enorme en el este de Europa como por los recursos incalculables que se le atribuían, así como por el interés en encontrar una fuerza que ayudara a Europa a hacer frente a las amenazas que habían puesto en cuestión la propia existencia de la civilización europea.
Una de las principales razones que llevaron a Europa a volver su mirada hacia la Rus fue la amenaza de las conquistas otomanas. En 1354, los otomanos alcanzaron la orilla europea de los Dardanelos y desde 1365 su capital provisional se encontraba ya en Adrianópolis (actual Edirne). A pesar de que los habitantes de la Rus moscovita eran considerados por los europeos “cismáticos” y “herejes”, combatían con éxito contra Estados musulmanes y, por tanto, podían resultar aliados útiles.

Otro factor fundamental que despertó el interés por la Rus fue la difusión de las ideas de la Reforma en Europa. En ese contexto, se empezó a contemplar “Moscovia” como el último bastión del cristianismo auténtico y a depositar en ella esperanzas de expansión del mundo católico. La cuestión religiosa tenía también una dimensión política: la dinastía de los Habsburgo trataba de atraer a los “bárbaros moscovitas” como aliados en la lucha contra el Estado polaco-lituano, favorable a Roma.
El interés por “Moscovia” aumentó todavía más debido a los cambios en la geografía de las rutas comerciales marítimas durante la era de los Descubrimientos: a través de Rusia era posible llegar a diversos países.
Además de estos factores históricos concretos que despertaron el interés por la Rus moscovita, existían otras circunstancias relacionadas con el deseo del hombre renacentista de ampliar los límites del mundo que conocía.
El descubrimiento de la Rus moscovita por los europeos se reflejó en la aparición, a finales del siglo XV y comienzos del XVI, de un gran número de diarios y relatos de viaje: los de Ambrogio Contarini, Johann Fabri, Paolo Giovio, Maciej Miechowita, Sebastian Münster y Albert Campensis. No menos importante fue el papel desempeñado por los estudiosos —geógrafos, historiadores y teólogos europeos— que nunca habían estado en la Rus, pero que elaboraron algunas de sus primeras descripciones y mapas.
“Comentarios sobre los asuntos moscovitas”

El libro más célebre sobre el país escrito en aquella época fueron los “Comentarios sobre los asuntos moscovitas” del diplomático austríaco Sigismund von Herberstein (1486–1566). Herberstein visitó la Rus moscovita en dos ocasiones: en 1517, como enviado del emperador Maximiliano I, y en 1526, como representante del archiduque austríaco Fernando. Sin embargo, su obra no vio la luz hasta 1549.
Ya en 1894, el historiador ruso Iván Ivánovich Ivánov, escribiendo en la revista “Artist”, se refería a Herberstein en estos términos: “Este Herberstein es el histórico antepasado de los cuentistas europeos sobre nuestra patria. La Rus es tan pródiga en esta clase de mitos que el propio Herberstein, en manos de otros autores, se convierte en un personaje mítico”. En efecto, a los extranjeros siempre les han gustado las historias sobre Rusia, especialmente las aterradoras. Pero Herberstein se basó en las obras de sus predecesores y contemporáneos, así como en una tradición de percepción profundamente arraigada en la mentalidad europea y cuyas raíces se remontaban a la Antigüedad.
De acuerdo con la tradición antigua, los autores del Renacimiento no consideraban la Rus como Oriente, sino como el Norte. A sus habitantes les atribuían aquellas características naturales y rasgos de carácter que, según la convicción de los filósofos antiguos y medievales, debían ser propios de los pueblos septentrionales, formados en condiciones inhumanas bajo un clima riguroso y sometidos a la influencia perniciosa de los astros. Los habitantes de la Rus eran descritos como bárbaros, ajenos a las buenas costumbres y a una organización política y cívica adecuada.

También se remonta a la Antigüedad la concepción formulada por Aristóteles. El filósofo señalaba la incompatibilidad entre el despotismo y el carácter amante de la libertad de los griegos, y consideraba que esta forma de gobierno correspondía al carácter de los pueblos bárbaros, ante todo de los persas, considerados enemigos de los griegos y supuestamente inclinados por naturaleza a la sumisión. Estas mismas características se trasladaron posteriormente a los habitantes de la Rus.
Es significativo que a mediados de la década de 1520 aparecieran tratados sobre Moscovia de Paolo Giovio, Johann Fabri y Albert Campensis. Sin embargo, todo aquello que despertaba admiración e incluso envidia en estos autores, Herberstein lo presentó desde una perspectiva completamente diferente. Al mismo tiempo, el diplomático austríaco no siempre contradecía a sus predecesores cuando señalaba algún hecho o fenómeno de la vida de los moscovitas; lo que hacía era llegar a conclusiones opuestas
La Óptica de Herberstein

Pero ¿de dónde procede semejante diferencia en la percepción de una misma realidad? Para comprenderla, es necesario tener en cuenta los motivos que guiaron las acciones de Herberstein. ¿Cuál era su objetivo como diplomático? Inclinar al Estado ruso a participar en acciones conjuntas contra los turcos, para lo cual era necesario, entre otras cosas, reconciliarlo con Lituania. Sin embargo, ninguna de sus dos misiones diplomáticas tuvo éxito. Por ello, en sus Comentarios sobre los asuntos moscovitas, Herberstein intentó justificar su fracaso de hecho atribuyéndolo a las características de los propios moscovitas y a la imposibilidad de establecer con ellos relaciones de alianza.

Así, mientras en las obras de Alberto Campense, Johann Fabri y Paolo Giovio se percibe un intento de diálogo entre civilizaciones, en las páginas del libro de Herberstein las relaciones entre dos mundos diferentes aparecen como mucho más tensas. Según Herberstein, en Rusia todo llevaba el sello de la inferioridad: no solo su organización política y social, su religión y su moral, sino también sus propios habitantes.
Al mismo tiempo, hay que tener en cuenta que Herberstein era un hombre culto que, antes de viajar a la Moscovia, había recorrido buena parte de Europa, poseía amplios conocimientos de historia, conocía las lenguas de los pueblos eslavos y hablaba ruso. Sin embargo, en sus “Comentarios sobre los asuntos moscovitas» construyó deliberadamente la imagen de un país fantástico y aterrador, muy alejado de la realidad de la Rus moscovita.
El historiador ruso Iván Ivánovich Ivánov se planteaba con razón: “Pero ¿por qué Herberstein, aun releyendo las crónicas rusas, no logró encontrar los hechos fundamentales de nuestra historia? ¿Por qué no sabe con exactitud cuándo comenzó la tierra rusa y, en cambio, cuenta verdaderas fantasías sobre el yugo mongol?… ¿Sabían ustedes que en Kiev, en el siglo XVI, no había una sola muchacha casta mayor de siete años? ¿Sabían que en todo el Estado moscovita no había otra caza que liebres, ni bayas ni frutos salvo nueces?… Y de que los rusos estaban llenos de venalidad, astucia, perjurio, libertinaje y embriaguez, ni siquiera vale la pena hablar. ¡Es asombroso que los embajadores salieran de aquel antro de bandidos sanos y salvos y que, además, volvieran a visitarlo!”
“Moscú está ubicada en Asia, no en Europa”

Aunque antes de Herberstein se había escrito mucho sobre la Rus, su libro sentó las bases de una tradición que percibía el país como un Estado asiático y despótico. Fue precisamente Herberstein uno de los primeros en cuestionar la idea de que la “Moscovia” formara parte de Europa y propuso situarla en Asia: “Si se traza una línea recta desde la desembocadura del Tanais (actual el río Don ) hasta sus fuentes, se verá que Moscovia está situada en Asia y no en Europa”. La condición de “asiáticos” permitió vincular los peligros “ruso” y “turco” y presentar a ambos pueblos dentro de una misma imagen del enemigo de Europa.
Los gobernantes rusos aparecieron ante el lector occidental no como “ soberanos cristianos auténticos”, sino como la encarnación de todos los vicios. El carácter despótico del poder, la falta de derechos y la esclavitud generalizada de los súbditos, así como la pretendida naturaleza casi divina del poder como culminación de una mentira universal: tales son algunas de las características que Herberstein atribuye a la Rus moscovita. Según él, ningún soberano podía compararse con el príncipe de Moscovia por la amplitud de su poder. Al mismo tiempo, su autoridad despótica abarcaba todos los ámbitos: “Ejerce su autoridad tanto sobre los eclesiásticos como sobre los seglares, disponiendo libremente, según su voluntad, de la vida y de los bienes de cada uno de sus consejeros; ninguno es tan importante como para atreverse a contradecirlo o hacerle frente en asunto alguno”.

El pueblo, a juicio de Herberstein, mostraba una sumisión servil ante semejante poder, y el diplomático reflexiona sobre las causas de este fenómeno: “Es difícil comprender si el pueblo, por su rudeza, necesita de un soberano tirano, o si, a causa de la tiranía del soberano, el propio pueblo se vuelve rudo, insensible y cruel”.
Es evidente que Herberstein se muestra aquí ambiguo y que, en realidad, ya tiene una respuesta a la pregunta que plantea: un pueblo que prefiere la esclavitud a la libertad necesita vivir bajo una opresión cruel. El diplomático desarrolla así la idea de que la servidumbre constituye una característica inherente a los rusos. Herberstein fue uno de los primeros autores en establecer una relación entre el tipo de poder ejercido por el gobernante ruso y determinados rasgos que atribuía a su pueblo. Incluso el pan en forma de kalach lo interpretaba como un símbolo de dependencia: “Además, los panes que tienen forma de arnés de caballo simbolizan, a mi parecer, para todos los que los comen, un yugo pesado y una esclavitud perpetua”.
Al presentar el orden político del Principado de Moscú como tiránico, Herberstein no solo ofrecía una imagen negativa, sino que conducía al lector hacia la idea de su supuesta inferioridad e ilegitimidad político-jurídica.
Herberstein y sus seguidores

“Comentarios sobre los asuntos moscovitas” alcanzaron una enorme popularidad en Europa. Durante la segunda mitad del siglo XVI se publicaron, en promedio, una vez cada dos años; en total se conocen 22 ediciones. Gracias al prestigio de su autor y a sus numerosas reediciones, esta obra modificó radicalmente la visión europea de la Rus moscovita y contribuyó a consolidar la idea extendida de la “tiranía rusa”. Las imágenes míticas formuladas por Herberstein se convertirían posteriormente en elementos ideológicos de la visión rusófoba. Si antes de Herberstein los autores escribían sobre las virtudes y la piedad de los moscovitas, a partir de entonces los extranjeros comenzaron, por el contrario, a presentarse como muy superiores a los rusos. Si anteriormente los viajeros hablaban de la fidelidad de los rusos a su palabra y de la inviolabilidad de sus juramentos, ahora el diplomático afirmaba: “En cuanto comienzan a jurar y a poner a Dios por testigo, debes saber que inmediatamente se esconde en ello algún engaño, pues juran con la intención de burlarte y engañarte”.Si antes los autores se mostraban conmovidos por la pureza de sus costumbres, a partir de entonces dejó de hablarse de una elevada moralidad.

La ebriedad, las costumbres salvajes y la promiscuidad sexual pasaron a convertirse en características fundamentales de los rusos. El poeta inglés George Turberville, que visitó Rusia como miembro de la embajada de sir Thomas Randolph en 1568–1569, escribió en una de sus cartas poéticas desde Rusia:
Sus modales se asemejan a los de los turcos, sus hombres son tan pérfidos,
Sus mujeres, tan depravadas; sus templos, repletos de ídolos
Que profanan aquello que debería ser sagrado.
Por supuesto, también hubo excepciones a esta regla. Por ejemplo, el noble polaco Samuel Maskiewicz (ca. 1580–1632), que estuvo en Rusia entre 1609 y 1612, escribió sobre las costumbres rusas: “Los moscovitas observan una gran sobriedad, que exigen estrictamente tanto a los nobles como al pueblo. La ebriedad está prohibida; no hay tabernas en toda Rusia; en ninguna parte se puede comprar vino ni cerveza; e incluso en las casas, salvo en las de los boyardos, nadie se atreve a preparar bebidas alcohólicas para sí mismo…”

En general, prácticamente todos los autores posteriores que escribieron sobre Rusia recurrirían a la descripción de Herberstein. En las obras dedicadas a Rusia aparecerían una y otra vez las principales tesis formuladas por el diplomático austríaco. Su trabajo llegó a considerarse casi de lectura obligatoria para todos aquellos que estudiaban Rusia o viajaban por ella. El ya mencionado Turberville, al concluir su panfleto poético, aconsejaba:
…si quieres conocer bien a los rusos,
Acude al libro de Sigismund, que te contará toda la verdad,
Pues durante largo tiempo vivió como embajador ante aquel rey;
Enviado por el polaco, ofrece un relato veraz en todos sus aspectos.
Ideas semejantes a las que Sigismund von Herberstein expuso en su libro fueron desarrolladas también por el viajero francés y capitán Jacques Margeret (ca. 1565–1619). Estuvo dos veces en Rusia: entre 1600 y 1606 sirvió oficialmente como mercenario bajo Borís Godunov y el Falso Dmitri I, y entre 1609 y 1611 combatió en el ejército de la República de las Dos Naciones, esta vez contra Rusia.
—Aunque allí abundan los alimentos y son baratos, el pueblo llano se conforma con muy poco, pues de otro modo no podría mantenerse: no tienen oficios ni ocupaciones y son muy perezosos, poco inclinados al trabajo, pero tan dados a la bebida que no puede haber más —escribía Margeret en sus memorias—. Cuando descansan, sus principales bebidas son el vodka y el medón, que elaboran con miel, obtenida por ellos sin esfuerzo y en abundancia, como puede deducirse de la gran cantidad de cera que cada año se exporta del país. También tienen braga y otras bebidas baratas. A este vicio de la ebriedad se entregan sin medida todos, hombres y mujeres, muchachas y niños; los sacerdotes no menos, e incluso más que los demás.
Además, Margeret subrayaba la extrema ignorancia del pueblo, incluso en cuestiones de fe: “…la ignorancia entre el pueblo es tal que ni siquiera un tercio sabe qué es el Padrenuestro o el Credo… Odian el saber y, especialmente, la lengua latina. No tienen ni una sola escuela ni universidad”.
Adam Olearius y los “esclavos del Zar”

Las ideas de Herberstein ejercieron una gran influencia en la percepción de Rusia por parte del viajero y diplomático alemán Adam Olearius (1599–1671). Olearius visitó el país en varias ocasiones (en 1633, 1636 y 1643) como miembro de las embajadas del ducado de Holstein, y posteriormente dejó un relato extenso de sus viajes. Uno de los hombres más instruidos de su época, Olearius utilizó activamente los Comentarios sobre los asuntos moscovitas de Herberstein como una fuente de información de valor incalculable. Al mismo tiempo, reprodujo el “mito negro” sobre el Estado ruso que Herberstein había contribuido a crear.
Olearius incluye inequívocamente a los rusos entre los bárbaros: “Cuando se observa a los rusos en lo que respecta a sus cualidades espirituales, sus costumbres y su modo de vida, sin duda no se puede dejar de clasificarlos entre los bárbaros”. Según Olearius, los rusos “no sienten en absoluto afición por las artes liberales ni por las ciencias superiores y no muestran ningún interés en dedicarse a ellas”. Al mismo tiempo, los moscovitas, escribía el viajero, “se distinguen por su ingenio y astucia, pero no emplean su inteligencia para aspirar a la virtud y a una vida digna de elogio, sino para buscar ventajas y beneficios y satisfacer sus pasiones”.
De la pureza moral de los rusos tampoco cabía hablar: estaban “tan entregados a los placeres carnales y al libertinaje que algunos se envilecen con el infame vicio que entre nosotros se denomina sodomía”. “A semejante desvergüenza licenciosa —continúa Olearius— los impulsa también en gran medida la ociosidad; cada día pueden verse cientos de ellos holgazaneando o paseando por el mercado o por el Kremlin”. Según el viajero, “el vicio de beber está tan extendido entre este pueblo en todos los estamentos, tanto entre las personas eclesiásticas como entre las seglares, entre los poderosos y los humildes, entre hombres y mujeres, jóvenes y ancianos, que si en las calles ves a borrachos tendidos y revolcándose en el barro, ni siquiera reparas en ello; hasta tal punto es algo cotidiano”. El tema de la supuesta ebriedad generalizada de los rusos ocupa un lugar destacado en la obra de Olearius, que le dedica numerosas páginas. Después de abundar en descripciones de la embriaguez rusa, llega a la conclusión de que los rusos son esclavos: “Del mismo modo que los rusos son por naturaleza de corazón duro y parecen haber nacido para la esclavitud, es necesario mantenerlos constantemente bajo un yugo severo y cruel y obligarlos continuamente a trabajar, recurriendo a golpes y azotes. No manifiestan descontento alguno ante ello, pues su condición exige que se los trate de esa manera”.

La principal conclusión de Olearius es, sin embargo, la siguiente: “Todos ellos son esclavos y siervos… todos los súbditos, tanto de alto como de bajo rango, reciben el nombre de “kholopy” del zar y deben considerarse como tales, es decir, esclavos y siervos…”
Es significativo que el uso de la palabra “kholop” en las fórmulas de discursos al soberano a finales del siglo XVI y durante el siglo XVII tenga su origen en una práctica de la Horda: los nobles que se encontraban directamente subordinados a los kanes se designaban a sí mismos mediante el término mongol “bogol” y, posteriormente, mediante su equivalente túrquico “kul”. El ruso “kholop” constituía en este contexto una traducción literal de esos términos. Sin embargo, la coincidencia de esta denominación con el antiguo término ruso utilizado para designar a los esclavos no pasa de ser un hecho curioso. La fórmula “tu kholop” empleada en discursos al soberano no tenía por objeto expresar la humillación de la nobleza.
Olearius llega a la siguiente conclusión sobre los rusos: “Son astutos, obstinados, desenfrenados, poco amistosos, depravados, desvergonzados, inclinados a todo lo malo, recurren a la fuerza en lugar del derecho, han renunciado a todas las virtudes y han pisoteado todo sentido del honor y de la vergüenza”. Nos encontramos, así, ante todo un repertorio de rasgos negativos: los rusos son presentados como bárbaros y esclavos, en oposición a unos europeos concebidos como civilizados
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Estos estereotipos sobre Rusia y los rusos estaban destinados a tener una larga vida. Herberstein siguió siendo una autoridad en los siglos posteriores. Así, el historiador esloveno Vasko Simoniti escribió en el epílogo de la primera edición en esloveno de “Los Comentarios sobre los asuntos de Moscovia”, publicada en 1951: “El poder de tipo despótico siguió siendo un rasgo característico de la realidad rusa a lo largo de todos los siglos posteriores de la historia de Rusia”. Según el historiador, Rusia tuvo varias oportunidades de apartarse del camino de la autocracia, pero no las aprovechó.
El libro de Herberstein y las obras de otros autores extranjeros gozan de gran autoridad entre los investigadores rusos y se consideran fuentes fiables de información. Al fin y al cabo, el Renacimiento estuvo marcado por la aparición de los tratados históricos y de la historiografía propiamente dicha, y se acostumbraba a creer a los autores renacentistas. Así, la ciencia histórica terminó construyéndose, en parte, sobre afirmaciones a menudo mitológicas de Herberstein y de otros autores extranjeros. Como demostró el paso del tiempo, la imagen de Rusia creada por Herberstein y sus seguidores siguió siendo demandada por las generaciones posteriores de europeos, ya que desde el viaje del diplomático austríaco la imagen de nuestro país no ha experimentado cambios sustanciales. No es casualidad que el destacado historiador francés Henri Martin considerara conveniente denominar “Moscovia” al Imperio ruso en la segunda mitad del siglo XIX, y que ya en nuestros días una iniciativa semejante haya surgido en Ucrania. Rusia cambia, pero las ideas fundamentales sobre ella no, especialmente cuando se trata de propaganda política. Por eso los mitos sobre un país cuya población carece de derechos y que está gobernado por un dirigente despótico siguen siendo tan útiles para la propaganda occidental contemporánea. ¿Para qué reinventar la rueda si todo fue creado hace casi cinco siglos?

