Ojótino sigue siendo hoy pintoresco en cada uno de sus detalles: tanto los interiores de la casa de campo como los paisajes que la rodean parecen haber salido de los lienzos de Korovin

El paraíso perdido de Konstantín Korovin

Sobre su casa en la tranquila aldea de Ojótino, Korovin siempre escribía como si se tratara de un rincón del paraíso
Sobre su casa en la tranquila aldea de Ojótino, Korovin siempre escribía como si se tratara de un rincón del paraíso

La casa de campo de Konstantín Alekséievich Korovin en Ojótino ha sobrevivido milagrosamente hasta nuestros días. Es la misma que conserva el recuerdo no solo de su propietario célebre, sino también de Fiódor Chaliapin, Maxim Gorki, Valentín Serov, Serguéi Rajmáninov… Y es que el pintor recibía a numerosos invitados ilustres.

Fotografías: Andréi Semashko.

Ojótino es especialmente hermoso en otoño: el aire se vuelve limpio y fresco, las nieblas matutinas, al retirarse, dejan al descubierto los tonos ámbar y carmesí de los bosquecillos, los días se acortan y los atardeceres se vuelven más intensos. Aunque el verano no es menos bello, cuando la vegetación crece exuberante y los campos se cubren de flores de todos los colores. Y el invierno también tiene su propia belleza: la capa de nieve que envuelve el pequeño pueblo le confiere un aspecto casi primigenio. La primavera de Ojótino, delicada y tierna, no es menos hermosa… En los lienzos del pintor Konstantín Korovin puede contemplarse Ojótino en cualquier época del año. Aquí, en la zona rural de la provincia de Yaroslavl, no lejos de Pereslavl-Zaleski, se encontraba la casa de campo que tanto amaba el pintor.

Nieto de un comerciante

En la casa de campo de Ojótino solían reunirse muchas personas célebres, y Fiódor Chaliapin llegó a enamorarse tanto de estos lugares que pronto se convirtió en vecino de Korovin.
En la casa de campo de Ojótino solían reunirse muchas personas célebres, y Fiódor Chaliapin llegó a enamorarse tanto de estos lugares que pronto se convirtió en vecino de Korovin

“Aquí estaba nuestra clase —señala Vladímir Seliviórstov, conservador del Museo de Konstantín Korovin en Ojótino—. Aquí estaba mi pupitre…”. El hecho de que, después de la Revolución, la casa de campo del pintor albergara la escuela primaria del pueblo de Ojótino salvó el edificio del destino habitual de las antiguas fincas señoriales de aquella época: no fue incendiado ni desmantelado para utilizarlo como leña.

“Por supuesto, todo había sido saqueado, se habían llevado todo lo que había dentro, pero el edificio se conservó. La escuela se instaló aquí en 1925, tres años después de que el pintor se marchara al extranjero. Y exteriormente la casa de campo no ha cambiado en absoluto; sigue siendo tal como la concibió Korovin —cuenta Yulia Seliviórstova, hija del conservador, que ayuda a su padre a realizar las visitas guiadas—. Siempre comienzo el recorrido desde la calle para llamar la atención sobre la fachada. Una brigada de carpinteros de la zona construyó esta casa para Konstantín Alekséievich siguiendo su boceto; él mismo hizo también los planos”.

La semicúpula del segundo piso y las columnas improvisadas hacen que la casa de campo no se parezca en absoluto a las viviendas rurales de los alrededores. En realidad, Konstantín Alekséievich tampoco creció en una isba: su abuelo, el acomodado comerciante Mijaíl Yemeliánovich, tenía una mansión en Moscú. Allí transcurrieron la infancia y la juventud de Konstantín y de su hermano mayor, Serguéi, nacido en 1858, tres años antes que Kostia. Serguéi Alekséievich también se convirtió en artista, y Konstantín decía más de una vez que su hermano incluso tenía más talento que él. Sin embargo, en la historia de la pintura, el mayor de los hermanos Korovin ocupó un lugar más modesto.

Korovin diseñó la casa siguiendo su propio proyecto
Korovin diseñó la casa siguiendo su propio proyecto

Los hermanos eran completamente distintos. Konstantín era el alma de la compañía: querido por las mujeres, bromista y alegre. Serguéi era todo lo contrario: reflexivo, serio y reservado. Serguéi Vinográdov, amigo y compañero de estudios de los hermanos Korovin en la Escuela de Pintura, Escultura y Arquitectura de Moscú, escribió: “Si se pudiera unir el brillo y la expresividad pictórica de uno con la perfección de las formas del otro, sería genial”.

Tras la recuperación de la casa de campo de Korovin, Vladímir Seliviórstov se convirtió en custodio de la casa, vigilante del museo, guía y auténtico experto en la biografía y la obra del artista
Tras la recuperación de la casa de campo de Korovin, Vladímir Seliviórstov se convirtió en custodio de la casa, vigilante del museo, guía y auténtico experto en la biografía y la obra del artista

Cada vez que llegaba en tren a su querida Ojótino, Konstantín Alekséievich podía reflexionar sobre los caprichos del destino: aquel ferrocarril había arruinado a su abuelo. Mijaíl Yemeliánovich se dedicaba al transporte de pasajeros y mercancías en carruaje de postas, pero cuando se construyó el ferrocarril de Moscú a Yaroslavl, los cocheros dejaron de ser necesarios. El padre de los pintores Korovin ya trabajaba como simple contable en una fábrica.

Hasta 1901, Konstantín Korovin trabajó en la Ópera Privada Rusa de Moscú, perteneciente al industrial más rico Savva Mámontov. Fue precisamente a él a quien el pintor compró en 1897 un terreno en la provincia de Vladímir. Cuando Mámontov quebró, la compañía de la Ópera Privada se vio obligada a buscar trabajo. Konstantín Korovin se convirtió en escenógrafo del Teatro Bolshói, colaboró también con los teatros Mariinski y Aleksandrinski de la capital y, además, impartió clases en la Escuela de Pintura, Escultura y Arquitectura de Moscú.

Pero volvamos a la casa de Ojótino. “Si observamos el boceto de la escenografía que Konstantín Korovin realizó para el Teatro Bolshói para la ópera «Eugenio Oneguin», podemos reconocer en él los contornos de esta casa. En las fotografías que se han conservado, tomadas en 1908, hay muchísimos elementos que coinciden: las mismas columnas, la misma semicúpula. Así representó en escena el escenógrafo del Bolshói, Korovin, la casa de los Larin —cuenta Yulia Seliviórstova—. Y trasladó muchos elementos de aquella escenografía, que tanto le había gustado, a su casa de campo”.

Caza en Ojótino

“Por estas mismas tablas del suelo por las que caminamos ahora caminó también Konstantín Alekséievich. Han sobrevivido a pesar de que la casa tuvo que superar numerosas adversidades —explica Yulia Vladímirovna—. Se conservaron porque cada tabla es en realidad la mitad de un tronco. El techo está construido de la misma manera. No es una técnica local. Al parecer, al construir su casa, Korovin se inspiró en las tradiciones de construcción del norte. Probablemente había visto casas así en algún lugar de la provincia de Arjánguelsk, porque él y Valentín Serov viajaron al norte de Rusia cuando Savva Mámontov se disponía a construir el ferrocarril hasta Arjánguelsk”.

Ojótino sigue siendo hoy pintoresco en cada uno de sus detalles: tanto los interiores de la casa de campo como los paisajes que la rodean parecen haber salido de los lienzos de Korovin
Ojótino sigue siendo hoy pintoresco en cada uno de sus detalles: tanto los interiores de la casa de campo como los paisajes que la rodean parecen haber salido de los lienzos de Korovin

La casa de Korovin destacaba entre las de los alrededores, igual que su propio dueño: allí era todo un señor. “Los campesinos de la zona respetaban al pintor: era buen cazador, sabía de pesca y sabía hablar con la gente de igual a igual”, —cuenta Vladímir Seliviórstov.

“Allí estaban también mis hombres buenos” recordaba Konstantín Korovin cuando se encontraba lejos de aquellos lugares tan queridos. Le encantaba regresar a su casa; podía pasar horas conversando con los habitantes de la zona, relataba con todo lujo de detalles el viaje, admiraba las viandas que le habían preparado, describía con particular calidez la casa bien caldeada, el crepitar de la leña en la estufa y el olor de la resina… “Me parecía que llegaba al paraíso”, escribió Konstantín Alekséievich. En verano, el artista dormía con mucho gusto en el pajar. “No hay perfume que pueda compararse con nuestro heno ruso”, decía Korovin.

“Nuestra zona está llena de bosques y pantanos: un extraño no puede pasar”, sonríe Vladímir Seliviórstov. Por eso Korovin contaba con un guía astuto y experimentado, Vasili Kniazhev, un verdadero experto en pesca y caza. Y Korovin aprendió mucho de él. Entre los amigos que a menudo lo acompañaban estaban Fiódor Chaliapin y Valentín Serov. “El plato favorito de los tres juerguistas, como se llamaban a sí mismos Korovin, Chaliapin y Serov, era la sopa de pescado. Cada uno tenía su propia receta, que guardaban en secreto y no revelaban a los otros. Pero todos coincidían en una cosa: la mejor sopa la preparaba Serov. Y por la sopa siempre se brindaba con un vasito aparte de vodka”, continúa su relato Vladímir Seliviórstov.

En uno de sus relatos, Korovin recordaba aquellos tiempos despreocupados: “Pasábamos junto a un cementerio cubierto de abedules; en la iglesia de madera, las cúpulas azules destacaban entre los árboles, y Chaliapin había comprado en una tienda de comestibles roscas, tortas de amapola, prianiki de menta y nueces. Se llenó de nueces los bolsillos de la poddiovka y se pasó todo el camino comiéndolas con Serov”. Hubo ocasiones en las que el pintor se ofendía con Chaliapin. Ocurría cuando este empezaba a cantar durante las jornadas de caza o de pesca. Su potente voz de bajo podía espantar tanto a los animales como a los pájaros e incluso a los peces…

La casa de campo del artista se diferenciaba de las isbas habituales: la decoración de la vivienda recordaba a la escenografía de la casa de los Larin que Konstantín Korovin creó para la ópera Eugenio Oneguin
La casa de campo del artista se diferenciaba de las isbas habituales: la decoración de la vivienda recordaba a la escenografía de la casa de los Larin que Konstantín Korovin creó para la ópera Eugenio Oneguin

“Cuanto más a menudo venía Chaliapin a visitar a su amigo, más le gustaba nuestra tierra —cuenta Vladímir Seliviórstov—. Finalmente, Korovin le vendió una parte de sus tierras, a un par de kilómetros de Ojótino. Y el cantante famoso empezó a construir una casa siguiendo los planos que Korovin había preparado para él. La construyó en el pueblo de Ratújino, pero la gente de la zona llamaba a aquel lugar Shaliápinka”.

Por desgracia, la casa de campo de Chaliapin tuvo peor suerte que la de Korovin. Primero albergó un campamento de pioneros y después un sanatorio; en la década de 1960, el edificio fue desmontado. Solo quedó la alameda de tilos plantada por Fiódor Ivánovich.

Ratújino y Ojótino están separados por apenas un kilómetro y medio, y los dos amigos y vecinos se visitaban mutuamente. Chaliapin pasaba mucho tiempo en casa de Korovin. Fiódor Ivánovich acudía con toda la familia: con su primera esposa, Iola Tornaghi, y sus hijos; tuvieron seis en aquel matrimonio. Allí transcurrían maravillosas veladas en la casa de campo, acompañadas por una guitarra. Y, naturalmente, también quedaron plasmadas en los lienzos: existe toda una serie de obras dedicada al tema de las “Muchachas con guitarras”. Es célebre el cuadro “La terraza”, en el que aparecen dos jóvenes de belleza extraordinaria  en la veranda de la casa de campo de Korovin: son las hijas de Fiódor Ivánovich, Irina y Lidia. Por cierto, en esta obra, pintada en 1915, se reconoce el motivo de la familia de los Larin de Pushkin: los Chaliapin, vestidos con trajes de estilo Imperio, aparecen representados como Tatiana y Olga.

Probablemente, Ojótino quedó para siempre como un lugar de felicidad despreocupada para todos que pasaron allí aquella época. Pero el tiempo se fue, dejando atrás únicamente los recuerdos.

Después de la Revolución de 1917, se intentó confiscar la casa de Korovin en Ojótino. “Korovin conocía bien a Maxim Gorki, que había visitado la casa de campo del pintor. Fue precisamente Gorki quien ayudó a Korovin a obtener de Lunacharski el permiso para conservar el derecho de uso de esta casa. Ya no era su propietario, pero podía vivir aquí, y eso fue lo que hizo hasta 1918. Se marchó solo cuando quedarse se volvió peligroso. Korovin tuvo que enfrentarse a otra decepción: había dejado de ser necesario. Sus cuadros no eran aceptados porque no respondían al espíritu de la época soviética”.

Relaciones familiares extrañas 

“En otoño de 1921, Konstantín Alekséievich regresa por última vez a su casa en el pueblo de Ojótino. Nadie sale a recibirlo; camina solo por el camino embarrado por la lluvia… Llega y ve las ventanas rotas, las puertas abiertas de par en par y la casa saqueada —relata Vladímir Seliviórstov—. Encontró alojamiento en casa de la mujer que había trabajado como cocinera en su casa y, al día siguiente, se marchó y nunca volvió a nuestro pueblo. En 1922 se fue al extranjero con su familia y, como se vio después, para siempre”.

Gracias a las personas que no permanecieron indiferentes, la casa de campo de Korovin vive hoy un nacimiento segundo
Gracias a las personas que no permanecieron indiferentes, la casa de campo de Korovin vive hoy un nacimiento segundo

Korovin obtuvo un permiso oficial para salir del país con el propósito de recibir tratamiento médico y celebrar una exposición individual. De este modo, el artista consiguió la posibilidad de sacar sus cuadros del país. Sin embargo, la exposición no llegó a celebrarse: todas las obras desaparecieron.

“ El año 1922… Un caos absoluto. Se acusó de la desaparición al empresario encargado de sacar los cuadros del país. Pero lo que ocurrió realmente se desconoce —dice Yulia Vladímirovna—. Para entender lo que sucedía en aquella época, basta recordar una escena de la célebre película soviética “En casa entre extraños, un extraño entre los suyos”, cuando el personaje interpretado por Nikita Mijalkov detiene un tren y se lleva todo lo que encuentra dentro. En aquellos tiempos, algo así era posible. Qué fue realmente de los cuadros de Korovin, probablemente nunca llegaremos a saberlo”.

Korovin emprendió un complicado viaje al extranjero: primero pasó por Riga y después por Berlín. “Quería llegar a Berlín para encargar una prótesis para su hijo, que era discapacitado: a los dieciocho años, un tranvía le había seccionado el pie”, cuenta Yulia. La  lesión grave le provocó una  depresión profunda; el joven se volvió muy nervioso e irritable y trató de quitarse la vida en varias ocasiones.

Konstantín conoció en su juventud a su única esposa oficial, Anna Fídler. Por entonces, Anna Yakovlevna era corista en la Ópera Privada de Savva Mámontov. El primer hijo de la pareja murió siendo un bebé. Korovin no se casó oficialmente con Anna Yakovlevna hasta 1897, ya después del nacimiento de su segundo hijo, Alekséi. La relación del pintor con su esposa era bastante peculiar: Konstantín Alekséievich pasaba la mayor parte del tiempo fuera de casa. En general, todos los que conocían al vitalista y bromista Korovin se sorprendían de su elección: resultaba incluso difícil imaginar juntos al pintor y a su esposa. A Anna no le interesaba en absoluto nada de lo que apasionaba a Konstantín. Al artista le dolía especialmente la indiferencia de su esposa hacia su obra; escribió sobre ello en sus memorias.

En los cuadros de Korovin aparece con frecuencia otra mujer: Nadezhda Komaróvskaya, a quien llamaban la musa del artista. Se conocieron cuando el pintor ya tenía cuarenta y seis años. Nadezhda, una joven actriz de diecisiete años que apenas comenzaba su carrera, cautivó a Korovin. Ni siquiera le pidió permiso para pintar su retrato: podría decirse que simplemente se lo comunicó como un hecho consumado, preguntándole únicamente cuándo podría posar para él. Nadezhda no pudo negarse a un artista tan apuesto y encantador. Cuando el retrato estuvo terminado, ya no podían imaginar su vida el uno sin el otro.

Por supuesto, a Nadezhda le incomodaba la existencia de una esposa legítima, pero pensaba que algún día la situación se resolvería de algún modo. Sin embargo, nunca llegó a suceder. Ella no lo siguió al extranjero y permaneció en su patria. Trabajó en el teatro, dio clases y enseñó a los locutores de radio a hablar correctamente…

Korovin llegó a París acompañado de su esposa, enferma de tuberculosis, y de su hijo discapacitado. Konstantín Alekséievich pintaba y aceptaba encargos de teatros de Europa y Estados Unidos. Pero el dinero no alcanzaba y la familia se hacinaba en una pequeña habitación. La vida despreocupada había quedado en la Rusia anterior a la Revolución. Ahora todo había cambiado. Muchos de sus amigos íntimos ya habían muerto. Su relación con Chaliapin, que también brillaba en la emigración, se había deteriorado. Cada vez más, Korovin regresaba en sus pensamientos a Ojótino, calentándose el alma con los recuerdos. “Estoy en París, pero mi alma vive más en Ojótino —escribió el artista en 1938 a Fiódor, hijo de Chaliapin—, y veo cómo ahora han caído las hojas del jardín, cómo huele a humedad, a tierra y a hojas de otoño; en un barril están poniendo col picada y salando níscalos, y es como si estuviera comiendo níscalos con nata agria. Junto al cobertizo, las gallinas se acurrucan, erizadas por la lluvia. El camino está embarrado, en el aire se percibe el olor del humo del granero y se oye el tintineo de las cadenas: están trillando el centeno”.

Una vida nueva para la casa de campo antigua

La naturaleza de Ojótino siempre fue una fuente de inspiración para el artista
La naturaleza de Ojótino siempre fue una fuente de inspiración para el artista

Mientras tanto, en la lejana Rusia, en el estudio de Korovin, ya había pupitres y estudiaban los niños… El derecho de uso de la casa permaneció al artista hasta 1924. En 1925 se instaló allí la escuela rural de pocos alumnos del pueblo de Ojótino. Permaneció en el edificio hasta la década de 1970, y fue precisamente eso lo que salvó la casa de la destrucción.

“Tenemos una fotografía del año 1961 tomada por un empleado del Museo de Historia Local de Pereslavl. En ella aparece la escuela primaria del pueblo de Ojótino. La casa está exactamente igual que cuando Korovin la dejó —cuenta Yulia Seliviórstova—. Y cuando cerraron la escuela, empezaron a pensar a quién podrían entregar la casa. Finalmente, se la cedieron a la fábrica de fundición artística de Mytishchi. A primera vista, esta decisión puede parecer sorprendente, pero tiene cierta lógica: la fábrica pertenecía al fondo artístico de la Unión Soviética y la casa de campo había pertenecido a un artista”.

Después de que la casa de campo pasara a depender de la fábrica, allí se instaló una base turística donde podían descansar los trabajadores de la empresa. Así fue hasta la disolución de la Unión Soviética. Después la fábrica quebró y la base turística también quedó abandonada. El huracán arrancó parte del tejado, las ventanas quedaron rotas y la lluvia comenzó a inundar la casa. En ese estado lamentable, la casa de campo permaneció durante muchos años, hasta que el azar cambió su destino. Elena Peshkova, que había sido directora de una galería de arte de Moscú, compró un terreno cerca de allí y descubrió que en las inmediaciones se encontraba la abandonada casa de campo de Korovin. También aparecieron otras personas comprometidas con su conservación, entre ellas Natalia Bulaj, directora ejecutiva de la Unión para el Desarrollo y la Cooperación de las Ciudades del Anillo de Oro de Rusia. Finalmente, se creó la Fundación Korovin “Salvemos juntos” y comenzó la recuperación de la casa de campo del artista.

Actualmente, el edificio está inscrito en el Registro Estatal de Bienes del Patrimonio Cultural. La casa fue restaurada y, el 11 de septiembre de 2015, día en que se conmemora al artista, el museo “La casa de campo de Konstantín Korovin” recibió a sus primeros visitantes. Aunque todavía no ha sido posible restaurarlo todo, los entusiastas tienen por delante una gran labor. Ya hoy, todos aquellos que sienten interés por la obra del artista pueden visitar Ojótino.

Un mundo lleno de recuerdos

Vladímir Seliviórstov proviene de esta zona
Vladímir Seliviórstov proviene de esta zona

En la exposición de la casa de campo de Korovin pueden verse también piezas de equipamiento de caza. “Cebadores, una cartuchera: todos estos son objetos de principios del siglo XX. Con unas botas parecidas, Korovin podría haber recorrido nuestro pantano, que aparece con frecuencia en sus relatos —muestra Yulia Seliviórstova—. En la época en que Korovin vivía aquí, todo era diferente: desde el porche podía ver el pantano de musgo; desde la casa hasta allí había unos seiscientos metros».

Los muebles que pertenecieron al artista no se han conservado. La dirección del museo intenta llenar la casa con muebles de principios del siglo XX, aunque el proceso avanza bastante lentamente. “Nos ayudaron a reconstruir el interior los cuadros del artista Serguéi Vinográdov, que venía con frecuencia a Ojótino. En sus pinturas pueden apreciarse algunos detalles: la forma de las manijas de los sillones, cómo era el mantel, qué lámpara de queroseno colgaba del techo —explica Yulia Seliviórstova—. En los cuadros de Konstantín Alekséievich, por supuesto, también podemos ver partes del interior, pero en ellos hay menos detalles y más emociones».

Parece que, en la vida de Korovin, las emociones eran, en general, lo más importante. Han quedado plasmadas en sus cuadros, en sus relatos y en sus recuerdos. Y, precisamente estos últimos, hacían que los amigos del artista regresaran a Ojótino.

“Tenía siete años, era el año 1955. Corría cuesta arriba y vi junto a nuestra escuela a una desconocida con sombrero y un ramo de flores —cuenta Vladímir Seliviórstov—. Me preguntó cómo me llamaba y, al saberlo, me acarició la cabeza: “¿Cómo estás, niño Vova?”. Y yo, siendo un niño, sentí la tristeza que emanaba de ella. La mujer no entró en la casa, permaneció allí unos cinco minutos y se marchó. Más tarde supe que era la hija mayor de Chaliapin, Irina Fiódorovna”.

La casa de Korovin también era muy querida por ella, como recuerdo de aquellos tiempos despreocupados. En una ocasión, Irina Fiódorovna visitó al pintor en París. “Lo que se presentó ante mis ojos me dejó profundamente impresionada —escribió la hija del gran cantante—. No podía imaginar que uno de nuestros mejores artistas pudiera vivir así. Una habitación húmeda, una cama con una calgadura en un rincón y varias sillas». En París, la salud de Korovin empeoró y también comenzó a fallarle la vista. Cada vez le resultaba más difícil sostener el pincel. Fue entonces cuando tomó la pluma: en Konstantín Alekséievich se reveló un talento literario. Sus relatos y memorias eran publicados con gusto por la prensa de la emigración rusa. “Invierno; cielo gris, lluvia. Y allí, lejos, en Rusia, yacen las nieves… ¿Seguirá bien mi casa de madera junto al gran bosque, en el jardín? La nieve la habrá cubierto hasta las mismas ventanas. La terraza cerrada estará cubierta de nieve. Escarcha en los cristales. ¿Estará encendida mi chimenea? Y en mi taller ya no están mis amigos y no estarán: todos han muerto. ¿Seguirán intactos los abedules hermosos  y, detrás de la empalizada, mi jardín de frambuesas? ¿Acuden por la noche los lobos al vertedero y duerme todavía, pensativo, el bosque de Fióklin? Tal vez ya lo hayan talado. Y ya no están la tía Afrosinia ni mis amigos cazadores”, escribió Korovin en el relato “Alma de perro”.

Unos días antes de su muerte, Konstantín Alekséievich comenzó a pintar un paisaje invernal de Ojótino, pero no llegó a terminarlo. El 11 de septiembre de 1939, en una de las calles de París, el artista, de setenta y siete años, sufrió un infarto. Fue trasladado a un hospital, donde falleció. El pintor ruso fue enterrado en el cementerio de Biyancourt.

En 1947 falleció la esposa de Korovin, Anna Fídler, y su hijo quedó solo. Aunque Alekséi Korovin había logrado ciertos avances en la pintura, no podía ganarse la vida con ella plenamente. En vida de su padre, Alekséi se casó con una bailarina, Yelizaveta Dumarevskaya, emigrada de Rusia, y junto a ella crió a su hijo Alyosha. Sin embargo, la vida familiar no funcionó: Yelizaveta se llevó al niño y abandonó a su marido. En 1950, a los cincuenta y tres años, Alekséi Korovin se quitó la vida.

Ese mismo año, la emigración rusa reunió una suma considerable gracias a la cual las cenizas de Konstantín Korovin y de su esposa fueron trasladadas y enterradas de nuevo en la necrópolis rusa de Sainte-Geneviève-des-Bois, donde también descansaba su hijo.

Por fortuna, la estirpe de los Korovin no se extinguió. Alekséi Alekséievich Guy Korovin, nacido en 1928, vivió una larga vida y falleció el 4 de abril de 2026. Fue oficial de la gendarmería y, tras jubilarse, comenzó a pintar. Por desgracia, nunca llegó a Ojótino, pero hasta sus últimos días siguió con vivo interés el destino de este lugar. El nieto del artista también está enterrado en el cementerio de Sainte-Geneviève-des-Bois, junto a sus familiares. Alekséi Alekséievich dejó dos hijas y cinco nietos: una gran familia de descendientes de Konstantín Korovin.

La vida de la casa de campo de Ojótino también continúa. Cada septiembre, artistas vienen hasta aquí para participar en el festival “El arte de vivir en la casa de campo”. Este año, durante el festival, se proyectará la película francesa “Noches de Moscú” (1934), uno de cuyos guionistas fue Korovin.

Así pues, Konstantín Alekséievich puede estar tranquilo por su querida Ojótino: hoy, aquí, la vida continúa siendo intensa y llena de interés.

Traducido por Marina Chernyaeva.

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