
—¡Y… Uno, dos, tres! ¡Chassé! —resonó la voz del entrenador por todo el Jardín del Hermitage, mientras él demostraba con maestría sobre el escenario los pasos de un tango apasionado. Decenas de personas reunidas en la pista de baile obedecieron la indicación y dieron un paso lateral, imitando los movimientos del profesor.
—¿Chassé? ¿Qué significa eso? —preguntó una de las mujeres a mi vecina de pista.
—Es un paso con un desplazamiento del cuerpo —le explicó.
Observé la variopinta multitud, donde todos repetían con entusiasmo y dedicación las figuras del baile que marcaba el entrenador. Mi atención se detuvo en una mujer vestida con un vestido rojo llamativo. Se movía con una ligereza y elegancia envidiable, y tenía una sonrisa de satisfacción que iluminaba constantemente su rostro. Cuando terminó la secuencia coreográfica, me acerqué a ella para presentarme.
—Soy profesora, aunque mi especialidad es otra: rock and roll, bachata y salsa —me contó—. El tango lo bailo pocas veces, pero lo disfruto de verdad. Me gusta mantenerme en forma; es importante, porque tengo alumnos. Además, practiqué patinaje artístico desde los cuatro años.
No pude evitar hacerle un cumplido: su vestido rojo parecía hecho a medida para bailar tango. Ella soltó una carcajada y negó con la cabeza.
—En realidad me arreglé para bailar bachata. ¿Quiere ver cómo la bailo?
Y, sin esperar respuesta, comenzó a moverse al ritmo contagioso de la música. Su compañero, un joven llamado Mijaíl, parecía estar avergonzado, aunque hacía todo lo posible por seguirle el paso. Al terminar, todavía sin aliento, confesó que llevaba apenas un mes aprendiendo a bailar tango.
Mientras tanto, el entrenador seguía animando al público desde el escenario:
—¡Bailen! ¡Disfruten de la vida! ¡Improvisen! ¡El tango es improvisación!
Las risas llenaban el aire. A mi alrededor paseaban personas vestidas elegantemente y animadores con disfraces extravagantes. El cielo, de un azul impecable, y el sol abrasador de julio engañaron a los meteorólogos por completo. Ellos habían anunciado lluvias persistentes para el fin de semana. Fue entonces cuando comprendí que aquella celebración giraba en torno a una alegría pura, sincera y absolutamente desbordante. Y precisamente así, bailarina, atrevida y de un brillo casi deslumbrante, resultó ser la quinta edición del Festival de la Cultura de los Países de América Latina y el Caribe, celebrado en Moscú del 18 al 26 de julio.
La música del sol y la felicidad

Incluso antes de llegar al Jardín del Hermitage, desde el lado de la calle Uspenski, ya se oía música que ni siquiera el ruido de la cuidad habitual lograba acallar. El retumbar de los tambores profundo y primitivo, el repiqueteo vibrante de los platillos y una voz firme que marcaba el ritmo con energía ejercían una atracción irresistible, prometiendo diversión y descubrimientos inesperados.
Aquel día, cruzar la entrada del Jardín era como atravesar una frontera: la Moscú de siempre, seria y ocupada, se desvanecía para dar paso a un universo completamente distinto, tan lejano como fascinante para nosotros: el de América Latina.
Por allí avanzaba un desfile alegre que marchaba al ritmo de una melodía brasileña enérgica. Al frente iban las passistas (del portugués: passistas, las bailarinas emblemáticas del carnaval de Brasil). Lucían tacones altísimos, trajes deslumbrantes adornados con brillantes pedrerías y tocados de plumas espectaculares…
A pocos metros relucía, impecablemente pulido, un automóvil clásico cubano, con las elegantes curvas de sus guardabarros, como si hubiera salido directamente de una postal de la Habana de los años sesenta. La fila para fotografiarse junto a él era tan larga como la que se formaba frente al puesto donde servían tacos calientes.

En un amplio césped se congregó una multitud que contemplaba con entusiasmo la exhibición de los practicantes de capoeira (del portugués: capoeira, el arte marcial brasileño que combina elementos de danza, música y acrobacia). Allí conocí a Serguéi Dementiev, miembro del Centro Ruso de Capoeira.
—La capoeira lo reúne todo: es danza, combate, música y gimnasia al mismo tiempo —me explicó Serguéi—. Llevo diecisiete años practicándola. ¿Sabe qué fue lo que me cautivó desde el principio? El profundo sentido de comunidad que se crea entre quienes la practican. Sin ese espíritu de compañerismo, la capoeira simplemente no existiría.
Según él, hoy en Rusia funcionan sedes importantes de algunas de las escuelas de capoeira más prestigiosas del mundo, como Cordão de Ouro y ABADÁ-Capoeira. Sin embargo, para Serguéi lo más importante no son las competiciones ni los títulos, sino el propio proceso y los lazos de amistad que nacen dentro de la roda, el círculo donde se practica la capoeira y donde todos son iguales.

A mi alrededor se revoloteaban los sombreros de paja de ala ancha; algunos lucían las banderas de distintos países latinoamericanos anudadas a la espalda como si fueran capas, mientras que muchas jóvenes adornaban su cabello con flores rojas artificiales. Otros habían llegado con zapatos de bachata y seguían marcando los pasos de baile incluso mientras esperaban pacientemente su turno para comprar tortillas de maíz.
Me detuve un momento para descansar. Mientras saboreaba un mate de gusto amargo y ligeramente astringente, me sorprendí pensando que ya no era una simple espectadora, sino una participante más de aquel ruidoso y colorido carnaval. Y lo cierto es que el programa musical del festival resultó ser muy diversa. La banda nicaragüense El Ardo encendía al público con cumbias y bachatas tan contagiosas que los espectadores comenzaban a marcar el ritmo con sus pies casi sin darse cuenta. Los músicos cubanos de Hot Havana Orchestrainterpretaban piezas irresistibles que invitaban a bailar desde el primer compás. El multiinstrumentista brasileño Ricardo Rodrigues ofreció un espectáculo auténtico: pasaba de la guitarra a la percusión, de los instrumentos de viento a la música vocal con una naturalidad asombrosa. El público respondía con vítores y largos aplausos. Por su parte, el grupo colombiano Marimbea acercó al público la música interpretada con la marimba, el instrumento cuyo legado forma parte de la Lista Representativa del Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad de la UNESCO. Su sonido resultaba inconfundible: las láminas de madera, golpeadas por los mazos, daban vida a una melodía que evocaba el murmullo de la lluvia tropical. El Tangovsky Project interpretó tango argentino y obras inmortales de Carlos Gardel y Astor Piazzolla. También desfilaron por el escenario artistas y grupos musicales de Paraguay, México y Ecuador, mientras que la cantante Fantine emocionó a los visitantes con canciones dominicanas.
Entretanto, las clases abiertas de baile se sucedían sin interrupción. La salsa daba paso a la bachata; la bachata, al reguetón; después llegaba el merengue dominicano, la zumba, la cumbia, el tango argentino e incluso la enérgica polca paraguaya. No era necesario tener experiencia previa: bastaban las ganas de moverse al ritmo de la música.
Coxinhas, fajitas y helado de aguacate

Sin embargo, cada baile apasionado eventualmente exige un descanso. Y entonces el festival te invita a seguir otro camino, el que conduce a los puestos gastronómicos, de donde llegan aromas intensos, desconocidos y, al mismo tiempo, irresistiblemente tentadores. En el aire se mezclan el olor de la carne asada con especias, el de la repostería recién hecha y el del café recién molido.
En uno de los puestos, un cocinero cortaba con gran destreza filetes de lubina para preparar un ceviche, bañando el pescado en una marinada de lima y cilantro. Muy cerca, otras manos expertas envolvían burritos generosos y bien rellenos, de los que amenazaban con escaparse trozos de aguacate y frijoles. Un poco más allá se preparaban fajitas, empanadas, tequeños y las tradicionales coxinhas brasileñas: croquetas doradas de masa con relleno de pollo que desaparecían a una velocidad mayor de la que el cocinero podía freírlas.
El espacio gastronómico del festival ofrecía también una amplia selección de bebidas típicas de América Latina: café, cacao y chocolate procedentes de Venezuela y Ecuador, incluso una gran variedad de frutas tropicales. Unos pasos más adelante llamaba la atención un puesto de paletas, los populares helados artesanales de fruta sobre palito. Fue allí donde un pequeño mostrador despertó mi curiosidad: «Helado de aguacate». No pude resistirme a probarlo. El resultado me sorprendió: una textura espesa y cremosa, con un color verde delicado y un sabor extraordinariamente suave. El joven que atendía el puesto, entre risas, comentó que sabía «como un auténtico guacamole… pero dulce». Y tenía toda la razón. Era una combinación insólita, pero sorprendentemente deliciosa.
También era posible degustar la panela, el azúcar de caña sin refinar, especialmente traída al festival para la ocasión.
Junto a un puesto de café entablé conversación con unos vendedores. El joven era colombiano y la chica era ecuatoriana. Ahora ambos viven y trabajan en Moscú. Mientras hablábamos, me contaron que en Colombia el café espresso goza de una enorme popularidad y que, en algunas regiones, coloquialmente lo llaman tinto.
—¿Y qué hace tan famoso al café colombiano? —les pregunté.
—Es el mejor del mundo —respondió el muchacho sin duda—. Tiene un sabor muy particular y, según la región donde se cultive, puede presentar notas afrutadas, un ligero toque de acidez o matices de chocolate.
«¡Sales del metro y ya estás en América Latina!»

Después de refrescarme, volví a mirar a mi alrededor intentando decidir hacia dónde dirigirme. Sobre el césped descansaban familias con niños que, mientras seguían el ritmo de la música con pequeños pasos de baile, cantaban junto con los artistas que actuaban en el escenario. Muy cerca reían a carcajadas de un grupo de hombres barbudos que llevaban camisetas idénticas con la imagen del Che Guevara. Todo indicaba que habían organizado su propio flashmob. Un poco más allá, varias jóvenes vestidas con trajes tradicionales —coloridos, de varias capas y amplias faldas— posaban para las fotografías, luciendo maquillajes inspirados en los colores de las banderas de distintos países latinoamericanos.
En ese momento pasaron junto a mí una joven y un muchacho en disfraces llamativos que parecían sacados de un desfile inspirado en la celebración mexicana de la Santa Muerte. Tras ellos caminaba un hombre de aspecto distinguido que llevaba unas gafas con monturas en forma de piñas.
Incluso vi a un grupo de aficionados al yoga que, ajenos por completo al bullicio que los rodeaba, estiraban los brazos al unísono hacia el sol en la postura del Virabhadrásana. Ni siquiera la ruidosa delegación paraguaya, que pasó a escasos metros de ellos, logró sacar a los seguidores de esta disciplina india ancestral de su estado de concentración. Y algunos, decididos a aprovechar el espléndido día de verano, tomaban el sol en traje de baño directamente sobre el césped, como si no estuvieran en pleno centro de Moscú, sino en una playa de Punta Cana.

Entablé conversación con una pareja que permanecía bajo una enorme bandera de Brasil, ondeando al viento.
—Lo más memorable de este festival es la auténtica inmersión en la cultura latinoamericana —comentó la joven mientras se acomodaba un pañuelo verde y amarillo sobre los hombros—. Además, hemos tenido una suerte increíble con el tiempo: hace el mismo calor que allí. Hemos recorrido casi toda Sudamérica y hoy sentimos como si no estuviéramos en Moscú, sino en algún rincón remoto del continente donde todas estas culturas se hubieran fundido en una sola. Sales del metro… ¡y de pronto ya estás en América Latina!
A poca distancia, un joven acababa de terminar una conversación animada con un cubano. Había gesticulado con entusiasmo y, sin darse cuenta, había pasado al español en mitad de la charla.
—Para mí, este festival es la imagen misma de una verdadera fiesta —me dijo—. ¿Lo oye? Hay música por todas partes, la gente sonríe, todos llevan trajes llenos de color y no dejan de bailar. Hoy todos formamos parte de un mismo y enorme carnaval. Yo había venido solo para mirar, pero la música terminó por atraparme. ¿Quién podría resistirse?

Junto al escenario principal vi a dos jóvenes con unos trajes que llamaban inmediatamente la atención: faldas largas y cinturones vistosos adornados con bordados tradicionales. Eran bailarinas paraguayas que acababan de interpretar una de las danzas más emblemáticas de su país, en la que las bailarinas ejecutan coreografías complejas mientras mantienen en equilibrio varias botellas sobre la cabeza. El resultado era tan arriesgado como fascinante.
—¿Les está gustando el festival en Moscú? —les pregunté.
—Estamos muy felices por la bienvenida que hemos tenido y por la manera en que el público ruso reaccionó a nuestro baile. Se notaba que les sorprendió —respondió una de ellas con una sonrisa.
—Para nosotras es un verdadero honor venir a Rusia para representar a Paraguay y compartir nuestra cultura. Nos hace muy felices ver que la gente disfruta de nuestros trajes, de nuestros ponchos y de nuestra danza —añadió su compañera.
Una fiesta sin fronteras

A la sombra de los árboles se encontraba el pabellón transparente del ciclo de conferencias. Cada vez que me acercaba, lo encontraba completamente lleno. No cabía un alma más en cada discurso: el público permanecía sentado hombro con hombro, hacía preguntas, discutía con entusiasmo los temas interesantes. Al finalizar las ponencias, muchos se acercaban a los conferenciantes para estrecharles la mano, agradecerles y decir en español ¡Gracias! No importaba si quien acababa de hablar era un investigador ruso o un invitado llegado desde México.
El primer día del festival, los asistentes pudieron escuchar a Ekaterina Samsonkina, doctoranda en Historia, quien, con gran sentido del humor, presentó la conferencia «Disparates latinoamericanos», dedicada a las curiosidades y episodios más insólitos de la historia de la región. Más tarde, el antropólogo León Salas desmontó numerosos mitos sobre las civilizaciones maya, azteca e inca. El auditorio lo escuchaba en absoluto silencio. Resultó que gran parte de lo que hoy se cree sobre las supuestas profecías del calendario maya no es más que una invención popularizada por Hollywood. En cambio, sus conocimientos astronómicos extraordinarios siguen despertando admiración incluso en la actualidad.
La mañana del segundo día comenzó con la conferencia «Personas, árboles y espíritus: una expedición etnográfica al Amazonas entre los indígenas shipibo-konibo», impartida por Yulia Grabar, representante de la Sociedad Geográfica Rusa. Su relato sobre los rituales ancestrales y sobre la particular manera en que este pequeño pueblo amazónico concibe el mundo cautivó por completo a los asistentes. Ya al caer la tarde, el mismo pabellón, nuevamente abarrotado, acogió la conferencia «El México mágico», presentada por Xiomara Briceida, especialista en las culturas prehispánicas y laureada del Premio Gusi de la Paz.
Sin embargo, quizá el punto de mayor atracción de todo el programa fue el taller dedicado al mate, impartido por Andrés Leonardo, representante de la marca Reserva del Che y un apasionado divulgador de la cultura de esta infusión. Con paciencia y entusiasmo explicó cómo preparar correctamente el mate para no quemarse la garganta ni alterar el sabor de la yerba.

—Lo más importante es no tener prisa y respetar la hoja —decía mientras vertía agua tibia sobre la yerba verde—. El mate no admite el agua hirviendo. Debe ser ligeramente amargo, como la vida, y reconfortante, como una conversación entre amigos. Y, por supuesto, hay que compartirlo: se bebe en ronda, pasándose el mate de mano en mano. No es simplemente una bebida, sino un ritual de convivencia. En la cultura argentina la familia ocupa un lugar fundamental. Compartir un mate con alguien no significa convertirse en parientes, claro está, pero sí crea un vínculo especial. Antiguamente, cuando las normas sociales eran mucho más estrictas, si una muchacha sentía interés por un joven, le preparaba un mate. Si se lo ofrecía ya usado, era una muestra de desconsideración; en cambio, si le añadía azúcar o limón, era señal de que él realmente le gustaba. De ahí nació la costumbre de tomar el mate dulce. El mate amargo era considerado la bebida de los hombres, las mujeres solían beberlo con azúcar.
Andrés explicó también que, para los gauchos, que durante siglos recorrieron las pampas arreando el ganado, el mate era un compañero indispensable. Les proporcionaba energía y vitaminas que escaseaban en una dieta basada casi exclusivamente en la carne. Fueron precisamente ellos quienes popularizaron la costumbre de beberlo en recipientes individuales y de considerar el acto de compartir el mate como un gesto casi sagrado.
—Si has compartido un mate con alguien, ya no puedes traicionarlo. Es una especie de pacto silencioso —afirmó.
Tomé un sorbo. El sabor herbal, intenso y ligeramente amargo resultó sorprendentemente envolvente y revitalizante, parecía disipar de inmediato el cansancio acumulado. La joven que estaba a mi lado bromeó diciendo que, después de aquel taller, necesitaba llevarse yerba mate a casa para sustituir el café de las mañanas. Andrés soltó una carcajada antes de advertir:

—En Rusia el mate nunca será tan popular como en Argentina. De cada cien personas que prueban el té, unas quince seguirán bebiéndolo con regularidad. Con el mate ocurre algo distinto: quizá solo dos continúen tomándolo. Pero quienes lo hacen, lo eligen de forma consciente. Lo verdaderamente importante es no comprar una yerba de mala calidad. Muchos vendedores adquieren la más barata, la mezclan con polvo y luego la venden aquí como “mate premium”. La gente la prueba, se siente mal y termina creyendo que el mate es perjudicial.
Al terminar la conferencia, los asistentes tardaron mucho en dejar marchar a Andrés. Lo rodeaban para preguntarle por los secretos de la preparación, los distintos tipos de yerba y las tradiciones asociadas a esta bebida. Era evidente que para muchos el mate había sido uno de los grandes descubrimientos del festival. Para mí, sin duda, también lo fue.
Además de los bailes y las conferencias, los organizadores prepararon muchas otras actividades para los visitantes. En el espacio dedicado a los talleres era posible decorar discos de vinilo con motivos coloridos, pintar bolsas ecológicas o sombreros de tela. El ambiente olía a pintura, pegamento y especias. Algunos tejían atrapasueños, mientras otros elaboraban bisutería de inspiración cubana con cuentas de los colores de la bandera de la isla. Las mesas estaban siempre repletas de participantes. Aunque para algunos talleres era necesario inscribirse previamente y el número de plazas era limitado, aquello no impedía que todos disfrutaran de la experiencia.
En la zona Latina Market, los puestos rebosaban de sombreros, abanicos, máscaras, especias, juguetes, té, cacao y joyería. Cada uno de los países participantes había traído consigo una pequeña parte de su identidad cultural: había tejidos de lana peruanos, collares ecuatorianos y chocolate artesanal venezolano. Los vendedores hablaban con entusiasmo de sus países y de los productos que ofrecían, de modo que incluso la compra de un simple imán acababa convirtiéndose en una pequeña excursión.

Al caer la tarde, cuando la música comenzó a sonar más baja, entablé conversación con uno de los visitantes, que descansaba en un banco junto a su hijo mientras contemplaba la animación del festival con una sonrisa.
—Aquí hay muchísimas conferencias interesantes, historias y descubrimientos —me comentó—. Uno se da cuenta de lo diverso y fascinante que es el mundo. Para mí, la cultura latinoamericana representa la alegría de vivir, los bailes llenos de energía y la libertad para expresarse. Aquí todo el mundo sonríe y transmite buenas vibraciones. Eso es precisamente lo que me llevo de este día. Ojalá un festival como este se celebre todos los años.
…Cuando crucé las puertas del Jardín del Hermitage, la Moscú nocturna volvía a envolverme con su bullicio habitual. Sin embargo, dentro del parque los músicos mexicanos seguían tocando sus guitarras y los últimos bailarines continuaban moviéndose al ritmo de la música. En mi cabeza todavía resonaban los compases de la bachata y el tango. Entonces comprendí que el carnaval que había vivido durante aquellos dos días aún no había terminado. Él se quedará conmigo como un luminoso recuerdo de que, aun en la Moscú ruidosa, hay sitio para el sol cubano, la celebración colorida y los bailes en las colas del taco.
Traducido por Marina Chernyaeva

